ESPERANZA

     Una vez más, ella llegó ante la puerta abierta. Siete escalones la separaban de un frío rellano, desde donde se distribuían las diferentes dependencias: puerta acristalada, escaleras hacia el primer piso, la secretaría, la dirección, los baños, la sala de profesores, la biblioteca...
     Cada año se le hacía más difícil encajar en aquel lugar... Ella era diferente... Su forma de enseñar era diferente... La distribución de las mesas en su aula era diferente... Por eso no era bien aceptada por algunos de sus compañeros. Porque cuando acababa el curso, la media de su clase era la más alta, pero no porque regalase las notas, sino porque sus chicos, como ella los llamaba, sabían todo lo que tenían que saber y aún más. Además, la querían con locura. Para ellos no existía una maestra mejor. 
     Pero ese día, al entrar, notó que algo había cambiado. La pared blanca y azul de la entrada, se había convertido en el fondo del mar, llenándose de peces, algas, rocas, estrellas marinas... Al llegar al rellano, en la puerta acristalada, decenas de caras sonrientes, fotografiadas en los momentos más insospechados, le daban los buenos días, alegrándole el alma, y el pasillo, se había cubierto de murales infantiles. Ella no salía de su asombro. En qué momento habían hecho todo aquello. ¿Sería posible que en el mes que había estado de baja se hubiese dado aquel cambio en el colegio? 
     No tuvo mucho tiempo para pensar. En seguida comenzó a escuchar unas voces que gritaban su nombre y se vio rodeada por pequeñas manos que la abrazaban. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Tal vez, después de todo,aún había esperanza...

RAPIDEZ

         Aquel pianista vivía obsesionado por la rapidez de sus dedos, por la ligereza de sus manos. Cada día practicaba durante horas. Hacía continuadas y repetidas escalas, sin dejar de acariciar, aunque fuera levemente, una sola de las teclas. Pero cada vez se exigía más. Necesita más velocidad, más soltura, hasta lograr que sus dedos y manos volaran sobre las teclas.


         Hasta que un día, tocando una de las más complicadas obras de su repertorio, sus dedos echaron a volar, dejando sus manos convertidas en tristes muñones. El pianista se detuvo. Miró los huecos que habían dejado sus dedos traidores y los vio llenos de notas. Sonrió. Acercó una mesa alta. Se descalzó. Se sentó y comenzó a practicar con los pies.

CEBOLLA

              Siempre pensó que siendo duro, fuerte, resistiría mejor los embates que de la vida fueran surgiendo. Así que comenzó a cubrirse de capas que ocultaran sus debilidades. Cuando murió de repente y le hicieron la autopsia para averiguar la causa exacta, de su cuerpo inerte emanaba un      intenso olor a cebolla. 

DESPEDIDA

Una vez más, una mañana más, aparcó su coche y se dirigió a la clínica. Abrió la puerta de cristal y el olor a desinfectante le llenó por completo. Otro día para enfrentarse a la muerte, para vencer las dificultades, para sonreír ante el trabajo bien hecho. Contempló las fotos de sus pequeños pacientes, aquellos a los que había salvado. Sus ojos, tan tiernos, parecían expresar tanto…
Fue a su despacho, que a esa hora aún estaba en penumbras, y reparó en una carta que alguien había dejado sobre su mesa el día anterior, pero ni siquiera había tenido tiempo de leer. Se sentó, encendió la luz de la mesa, la abrió y dejó que sus ojos se deslizaran por las palabras:
Para Jorge
Hoy no es cualquier día. Hoy me he ido para siempre. Por eso, quiero dejar unas palabras, no de despedida, sino de agradecimiento.
He estado enfermo algún tiempo, el corazón, según dijeron. Y eso, amigos míos, no tiene cura… Pero he recibido los mejores cuidados, no solo en casa, sino también en el veterinario. ¡Ah!, no lo había dicho… ¡Soy un perro! Pues como decía, mi veterinario se llama Jorge y ¡es el mejor! Y por todo lo que hizo por mí, quiero darle las gracias.
¡Gracias! Por las manos atentas que me auscultaban. ¡Gracias! Por las manos cariñosas con las que me tranquilizabas. ¡Gracias! Por los oídos solícitos con los que escuchabas las amargas preocupaciones de mi dueña… ¡Gracias! Por estar siempre ahí, por tu ética profesional, por tu humanidad en los más duros momentos… ¡Y gracias por darme un digno final!
Hoy ya descanso, pero para mí siempre serás mi amigo Jorge y siempre seré tu Lukas “el Terrible”. No cambies, amigo, muchos otros te necesitan.
Lukas. 7-7-2016

Cuando terminó de leerla, las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Muchas mascotas habían pasado por sus manos, pero aquel perro era especial. Aún recordaba sus temblores cada vez que venía a su consulta. Era una pequeña fiera, pero tenía sus motivos… Sin embargo, era un luchador nato… Hasta que se cansó… No hubo más remedio. Tuvo que hacerlo… Era la parte más amarga de su profesión… Pero él la había elegido. Respiró hondo. Se secó la cara y apartó de su mente los recuerdos. Otras vidas lo esperaban y no podía fallarles. Abrió la puerta y salió a la luz de otro ajetreado día. 

MIEDO A VOLAR

            Amanda era una mujer refinada. Siempre con el último peinado a la moda, vistiendo costosos trajes de chaqueta, conduciendo lujosos coches, luciendo llamativas joyas, se sentía la mujer más importante del mundo.
        Aquel veintiocho de abril Amanda celebraba uno de sus tantos cumpleaños. Nadie sabía a ciencia cierta su edad, pues al llegar a los treinta decidió que no cumpliría ni uno más. Pero seguía organizando fiestas a las que invitaba a toda la alta sociedad, porque adoraba sentirse querida, aunque sólo fuese por su dinero. Ese día, al despertarse por la mañana, su apuesto marido le susurró al oído su cariñosa  felicitación y la invitó a acompañarlo a un sitio especial para recoger su regalo. Después de acicalarse como la ocasión merecía, se subió al asiento del copiloto, dejando que su marido condujese. A medida que se iban acercando al lugar elegido, Amanda comenzó a sentir una punzada de nervios en el estómago. No podía creer que su marido la llevara al aeroclub… ¿Qué se propone?, se preguntaba nerviosa. Poco después, el auto se detenía junto a un enorme hangar. Dentro había una hermosa avioneta. Con una gran sonrisa, el marido le dijo: - Aquí tienes tu regalo. Por supuesto, va incluido un curso de aviación.
Amanda apenas pudo balbucear: - ¡Pero si sabes que no me gusta volar…!
-          Precisamente por eso, respondió él. Así se te quitará el miedo. Y cuanto antes mejor.
Su marido le presentó al instructor y la hizo subir a la avioneta. Amanda había perdido el habitual tono rojizo de sus mejillas, sus manos comenzaron a sudar y a temblar, y mientras escuchaba las explicaciones del hombre sentada junto a ella, empezó a notar que su corazón se desbocaba, luchando por salirse del pecho. Sólo fue necesario que la avioneta comenzara a rodar suavemente por la pista para que de la garganta de Amanda brotasen unos sonidos histéricos. En aquel momento perdió el control: se tiraba del pelo, lloraba, pataleaba y luchaba tratando de abrir la puerta de la avioneta. El instructor, asombrado, paró en cuanto pudo. Sin darle tiempo a decir una sola palabra, Amanda se lanzó al suelo y echó a correr por la pista. Al llegar junto a su marido casi no podía respirar, y su aspecto era lamentable. El pelo estaba enmarañado y el rimel se le había corrido formando gruesos caminos por sus mejillas. Se sentía tan desgraciada que empezó nuevamente a gritar. Y justo en ese instante, notó que alguien la zarandeaba. Abrió los ojos y vio que no estaba en el aeroclub. Estaba en su cama, en la modesta habitación de su pequeño piso, y su marido, un hombre bajito y calvo, con enormes cejas, la miraba asustado. Amanda realizó unas cuantas respiraciones profundas para quitarse de encima la angustia que acababa de vivir.
-          No te preocupes, le dijo a su marido. Sólo ha sido una pesadilla. Vuélvete a dormir.

      Mientras él cerraba nuevamente los ojos y comenzaba a roncar, Amanda dejó que las lágrimas fluyeran en silencio. Pero no era el llanto que desahoga después de la tensión nerviosa. Era un llanto de desilusión al ser consciente de que jamás podría saber si realmente le daba miedo volar. 

COMPRENSIÓN

     Ella vivía entre las prisas de inventarse a sí misma cada día. Se inventaba una razón para saltar de la cama, para ir al trabajo, para volver por las noches. Se inventaba, incluso, una razón, para respirar y olvidarse del dolor, para sonreír cuando no tenía ganas, para abrazar cuando sus brazos no tenían ya fuerzas.
     Ella vivía entre las prisas, huyendo de las palabras hirientes, de las miradas envidiosas, de los saludos vacíos, sin notar que la arena de su reloj no detenía su caída. Pero un día se paró. Se detuvo ante un atardecer y dejó que los últimos rayos llenaran los huecos de su alma agrietada. Respiró hondo y sintió que ya dolía menos. Se contempló a sí misma, ligera, liviana, casi etérea. Sólo entonces comprendió que ya no necesitaba nada y que ya no le lastimaban los comentarios malintencionados. Dejó allí su cuerpo gastado, su piel herida y todas, todas sus prisas.






RECUERDOS

      Cada noche, al acostarse, ella recordaba su rostro surcado de arrugas, su pelo corto y cano, sus manos cansadas y su corazón liviano. Recordaba su voz, aunque cada día le sonara un poco más lejos. Recordaba su risa, empujándola en cada subida.

      Cada noche, al acostarse, ella la recordaba y se dormía. Y cada noche, sin ella saberlo, de la foto que descansaba junto a su mesilla, salía volando un cálido beso que se acunaba en su frente.

CHOCOLATE

          Siempre presintió que ella era diferente, tal vez por su pelo rizado, tal vez por sus ojos rasgados color avellana o tal vez por el suave tono de su voz. Nacida a su suerte, nunca supo lo que era una caricia, una palabra amable, una sonrisa cálida.

      El día en que lo conoció y él le dijo que su piel le recordaba al chocolate por su color y su dulzura, por primera vez ella descubrió lo que era derretirse por amor…

MACARRONES

              Cuando se levantó aquella mañana de domingo, Evangelina no se imaginaba lo que le depararía aquel día de asueto. Ligera como el aire que el mar traía hasta su ventana, se dirigió a la cocina para preparar su famoso plato de pasta. Ninguna de sus amistades había conseguido obtener la receta, y todos los intentos que hicieron por emularla, resultaron fallidos. La combinación de sencillos ingredientes con el toque personal se había transmitido en su familia durante generaciones. Aquel manjar resultaba tan afrodisíaco que ningún hombre se había resistido a él.
              No le llevó mucho tiempo culminar su invencible arma. Luego se encaminó al cuarto de baño, donde se acicaló con esmero. La cita que tenía ese domingo lo merecía.
              Una vez en el coche, arrancó el motor, aguardó unos segundos disfrutando del sonido de su viejo amigo y se puso en marcha. A su lado, en el suelo, la fuente de pasta compartía el vaivén de las curvas, los acelerones y los frenazos. Evangelina, más preocupada por la comida que por la carretera, echaba mano de vez en cuando a la fuente para colocarla adecuadamente. De repente, en una curva cerrada, su distracción la hizo colisionar de frente con un camión. Durante unos minutos, reinó la confusión en aquel espectáculo de cristales rotos, hierros retorcidos y sangre salpicada, mezclado todo con la salsa especial de la pasta.
              Cuando llegó la policía, comprobaron que a un lado de la cuneta yacía el cuerpo sin vida de una mujer. Al otro lado, sentado sobre una piedra, el camionero se llevaba a la boca el último resto de los macarrones que habían aterrizado sobre su parabrisas, mientras miraba con ojos libidinosos el cadáver casi destrozado.  


MÚSICA Y CARTAS

              Los dos eran seres solitarios. Él tocaba el violonchelo. Ella escribía cartas que nadie leía. Aunque se miraban al cruzarse por la escalera, nunca se habían hablado, pero cuando del apartamento de él salía aquel sonido triste, lento, casi susurrante, ella regaba sus cartas con lágrimas cálidas y distantes.

              Una noche él fue hasta la casa de ella a pedirle un lápiz. Necesitaba hacer unas anotaciones en su partitura. Venía con el arco en la mano. Al ver su rostro húmedo, supo lo que tenía que hacer. Entró y sujetando el cuerpo de ella contra su pecho, comenzó a deslizar el arco por sus cabellos. Aquella noche ella no escribió ninguna carta. Aquella noche él se dejó llevar por la música más dulce jamás sentida. 

MIRADAS

              Desde que lo vio por primera vez, siempre se sintió atraída por sus ojos, por la fuerza que emanaba de su mirada. Y era el recuerdo de esa mirada lo que la mantenía viva.

             Cuando él comenzó a envejecer y profundos surcos aparecieron en su rostro, ella no dijo nada. Esperó a que sus sueños se apagaran. Y entonces, como una sombra, rellenó todas sus arrugas con tierra, la mojó con sus lágrimas, y allí plantó todos sus sueños. 

AUSENCIAS

     Aquel hombre era un adicto a los libros. Antes de comprar uno, lo sopesaba, lo olía, admiraba los colores de la portada e intuía el contenido de una historia que, antes de empezar a leer, se iba forjando en su cabeza. Entonces, satisfecho con el análisis, se lo llevaba. Uno cada semana, o cada mes, si llegaba muy justo de dinero. Cuando no podía comprarlos, iba a la biblioteca municipal, de la que se había hecho socio hacía ya dos décadas, y elegía uno cuyo título le sugiriese una gran aventura. Una vez en casa, además del ritual habitual, acariciaba las páginas, tratando de encontrar vestigios de otras manos, de otros alientos. Y así avanzaba su vida. Leía al despertar, antes, durante y después de comer, por la tarde, al acostarse o si se desvelaba en las madrugadas.
     Una mañana, notó que en el libro que estaba leyendo ocurría algo extraño. En cada página faltaba una palabra. Al principio creyó que se trataba de un error, pero no. Allí estaban, aquellos espacios vacíos, blancos, ausentes. Al leer todas las frases de corrido no le costó averiguar qué palabras eran. Cogió un bolígrafo y las escribió con pulcritud.
     Pocas semanas después, en vez de una palabra faltaban tres o cuatro en cada página. Luego frases enteras y, con el paso de los meses, llegaron a desaparecer párrafos enteros. Dejó de extrañarse por las ausencias. Sólo leía y se saltaba los huecos.
     Con el tiempo, los libros se convirtieron en cientos de páginas inmaculadas, rota tan solo su blancura por la mancha de alguna palabra suelta.
     Y así, aquel hombre adicto a los libros, a saborear el placer de la lectura, fue enmudeciendo. Se pasaba las horas sentado, sin un gesto, sin una sonrisa, con la mirada perdida en el vacío de sus libros.
      Aquel hombre, un día, cortó los hilos de los puntos, las comas, los signos, y se dejó llevar por los colores intensos de las portadas.


PREGUNTAS

     A menudo, la mujer de la camisa blanca se preguntaba por qué. ¿Por qué se fueron? ¿Por qué me ignora? ¿Por qué me quiere? Eran demasiados por qué para un momento. Pero cuando comenzaba a llover, ella salía a la calle, a dejarse empapar del agua fresca. Y ella, la lluvia, se llevaba sus preguntas sin respuestas. Y siempre, al salir de nuevo el sol, le crecía un arco iris en la mirada. 

CUENTO

       El reloj de la entrada daba las siete cuando ella abrió la puerta. El sol aún no había traspasado los umbrales de la irrealidad, y la penumbra era densa, cortante. Se dirigió a su habitación. Se deshizo de su ropaje colorido y se enfundó su pijama gris de franela. Se metió en la cama, arropada por sábanas térmicas y mantas de lana. Cerró los ojos, pero seguía despierta. Un frío intenso recorría, sin cesar, sus inexistentes huesos. Pero no era el frío del más crudo invierno. Era el frío del vacío en que consistía su cuerpo. Así que, poco a poco, aquella sombra comenzó a rellenar todos sus huecos con palabras, con sueños, con pensamientos, y se convirtió, ya para siempre, en un cuento.

HAMBRE

              Aquella mujer era una comedora insaciable. A cualquier hora, en cualquier lugar, su voraz estómago reclamaba y rugía. Pero también era una adicta a la lectura. Cualquier cosa digna de ser leída era pronto atrapada por sus ojos, novelas, poesías, ensayos, biografías, tebeos, cartas…

              Cuando aquella noche agotó todas sus provisiones, sin pensarlo, abrió el primer libro y, lentamente, comenzó a saborear cada palabra. 

CRISIS

     Alejandra subió las escaleras muy despacio con la ropa sucia entre los brazos cansados. Abrió la puerta de la azotea y un sol radiante la deslumbró. El día va a ser caluroso, pensó. Metió la ropa en la lavadora, cogió las sábanas limpias para cambiar las camas y a punto estaba de bajar cuando de repente se paró y con aire ausente se sentó en el primer peldaño. Cada sábado era la misma rutina. Mientras sus hijos dormían, ella se desayunaba en el silencio cálido de la cocina, luego recogía los restos de la cena que habían quedado desperdigados entre la mesa, la encimera y el fregadero y lavaba los platos. Después pasaba al salón para poner un poco orden, luego se iba a su cuarto, quitaba las sábanas y abría las ventanas para que se aireara la habitación. Luego, subía a poner la lavadora y a buscar las sábanas limpias. Cuando terminaba con su dormitorio, se duchaba y se ponía a trabajar en el ordenador hasta que sus hijos se despertaban, y justo en ese momento la casa se solía llenar de ruidos, voces procedentes de la televisión, discusiones absurdas y malhumores mañaneros.
          Y ahora, ¡quién lo iba a decir!, el mayor, su pequeño, cumplía ya los dieciocho, y la niña, aunque ya no era tan niña, en breve tendría diecisiete… ¡Qué edad tan difícil! ¡Qué diferente se veían las cosas desde esos pocos años! Y ella, con ese nombre tan largo que le pesaba tanto como el tiempo transcurrido desde su nacimiento, estaba cansada de vivir. A punto de cumplir los cincuenta, le parecían demasiados para sostener la balanza en equilibrio.
     -  Con cincuenta ya está bien - se decía - para qué más. El mundo seguirá girando sin mí. Las noticias seguirán mostrando a jóvenes y a adolescentes carentes de valores, que aprovechan cualquier excusa para beber, que se creen el centro del universo, con derecho a tenerlo todo, pero sin obligación a dar nada. Y pensar que ellos son la siguiente generación. No quiero estar aquí cuando tomen las riendas de este planeta, porque les va a venir muy grande y les estallará entre las manos.
          Y mientras así pensaba, Alejandra, descendió lentamente las escaleras, contemplando las fotos que cubrían las paredes: la de su padre, sus abuelos y todos aquellos amigos y familiares que ya no estaban pero que, de alguna manera, seguían presente en su vida cada vez que los recordaba, cada vez que contemplaba sus retratos.
   - ¿Qué hago? - les preguntó a todos ellos -. ¡Estoy tan cansada!
          Mas aquellos rostros sonrientes contemplaban impasibles algún lugar desconocido para ella. Suspirando, se secó las lágrimas que comenzaban a descender por sus mejillas y se levantó con las sábanas entre los brazos. No percibió que, por un fugaz instante, la sonrisa de su padre, se ensombrecía.  



DUDA

     Ella miraba a lo lejos, sintiendo un sólido peso sobre sus hombros desnudos. Se dio la vuelta. Estaba sola. Pero a su lado dormitaba la sombra intangible de la duda…

ANTE AQUELLA VISION…

       Apoyada en la barandilla de la avenida, ella contemplaba el mar con tristeza. A aquella hora de la tarde, la luz comenzaba disminuir, dándole un tono rojizo y suave al cielo, mientras el agua reflejaba los diferentes matices. Sin embargo, lejos de llenarla de vida, como siempre le ocurría, en ese momento la embargaba una mezcla de sentimientos negativos: dolor, impotencia, rabia… Aquella playa, aquel muelle en el que tantos baños se había dado, mostraba un aspecto desolador. Sus aguas estaban teñidas de un color marrón claramente sospechoso. Decían que eran microalgas…, que eran inocuas…, pero desaconsejaban el baño… ¡Cómo habían podido permitir que sucediera! ¿Dónde estaban las autoridades, que no hacían algo? Por lo que se comentaba, estaba ocurriendo lo mismo en casi todo el litoral, dependiendo de hacia dónde llevaran las mareas la inmensa mancha. ¿Pero es que nadie era consciente de que estaban influyendo en el futuro de las islas? ¿Qué pasaría con el turismo si esto continuaba así?
      Las lágrimas afloraron a sus ojos mientras su mirada recorría cada roca, cada ola, cada porción contaminada de arena. En el horizonte, el sol se iba escondiendo tras las montañas, ansioso por ocultar la vergüenza de una humanidad sin escrúpulos.

      Ella se dio la vuelta y emprendió el regreso a casa, con el alma partida en mil pedazos, cada uno de ellos anclado en cada una de las playas en las que durante muchos veranos había sido feliz. 

IRONÍA

        Cuando sintió el calor suave del sol sobre su rostro, despertó y abrió los ojos a un nuevo día. Extrañada, contempló la oscuridad que invadía el cuarto. Afuera el silencio era sobrecogedor. Dentro habitaba otro silencio diferente, gélido, desnudo. No se atrevió a moverse. ¿Estaba soñando? ¿Qué realidad tan distinta a la habitual era la que la envolvía? Trató de escuchar su corazón... Era en vano. Trató de respirar, pero a sus pulmones no llegaba ni un ápice de aire...Por fin comprendió: había soñado que tenía un cuerpo y una vida. ¡Qué absurda ironía, si ella era la muerte!

SOLEDAD

              Sentada en el sillón floreado, abrazando sus rodillas huesudas y sintiendo los arrítmicos latidos de su corazón, la mujer de largos cabellos grises esperaba. ¿Qué? ¿Quién? Daba igual. Ya hacía mucho tiempo que había dejado de importarle. Mucho tiempo aguardando una respuesta a una simple pregunta: ¿Me quieres? Mas el silencio se la había llevado.            

              Ese día, mientras iba borrando de su mente, uno a uno, cada pensamiento acumulado durante siglos, contemplando las flores descoloridas de su sillón, aspiró un aroma nuevo en el ambiente. O tal vez era viejo, pero sólo ahora lo percibía. Se levantó. Se dirigió al espejo ovalado de la pared y comenzó a peinarse con las manos entumecidas. Se acarició el rostro marchito, las arrugas surcadas de dolor y sonrió con tristeza. Se dio la vuelta y asió con firmeza los dedos que le tendían, encaminándose juntas hacia la sombra. Ahora no estaría sola. Serían, por fin, dos, la muerte y ella. 

INSPIRACIÓN

              La madrugada vestía de insomnio las horas que transcurrían con lentitud.
              Afuera la luna dibujaba sombras y estelas, el viento callado dormitaba y hasta el reloj había enmudecido su imparable desgranar.
              Sólo ella, la de los ojos perdidos, danzaba sin música en la cama deshecha.

              Hasta que llegó, después de tanto esperarla. La inspiración acarició su espalda y se quedó junto a la mano que, ausente, sostenía una pluma entre los dedos.