MÚSICA Y CARTAS

              Los dos eran seres solitarios. Él tocaba el violonchelo. Ella escribía cartas que nadie leía. Aunque se miraban al cruzarse por la escalera, nunca se habían hablado, pero cuando del apartamento de él salía aquel sonido triste, lento, casi susurrante, ella regaba sus cartas con lágrimas cálidas y distantes.

              Una noche él fue hasta la casa de ella a pedirle un lápiz. Necesitaba hacer unas anotaciones en su partitura. Venía con el arco en la mano. Al ver su rostro húmedo, supo lo que tenía que hacer. Entró y sujetando el cuerpo de ella contra su pecho, comenzó a deslizar el arco por sus cabellos. Aquella noche ella no escribió ninguna carta. Aquella noche él se dejó llevar por la música más dulce jamás sentida. 

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