Ella mira el reloj. Los minutos pasan tan despacio, que se le encoge el alma en cada latido. No sabe qué pensar, ni qué sentir. Sólo sabe que una madrugada su mente se perdió entre la bruma, entre el rocío, entre el frío que acechaba tras su ventana entreabierta. Y ahora vaga por los caminos, buscándola incesante, detrás de cada piedra, cada hoja, cada sonrisa dormida, cada palabra amiga. Y en cada una recupera un poco su conciencia, y le teje una bufanda, para que no vuelva a escaparse, para que no vuelva a perderse...

