Hoy no traigo un relato, ni un poema, sino tan solo una reflexión.
Cuando uno escribe, y me imagino que esto le pasará a cualquier escritor, lo que quiere es compartir su obra, que llegue a los posibles lectores, que toque sus almas, ya que en todo acto de escribir, se deja un poco de uno mismo.
Al empezar con mis primeros poemas, a la edad de catorce años, soñaba con que, algún día, pudiese llegar a convertirme en escritora, y poder, por qué no, publicar mis libros. Y hace algunos años, lo hice con una editorial online. Fueron dos obras: una de relatos cortos sobre mujeres y otra de poemas. Terminé comprando yo misma una serie de ejemplares y regalándolos a mi familia y amigos. Aunque siguen en la editorial, como solo se editan a demanda, ambos han quedado en el olvido. Yo no sé hacer publicidad y ellos tampoco pusieron mucho empeño.
Ahora que ya he pasado a esa etapa en la que la vida laboral es una pura anécdota, decidí retomar la idea de publicar, ya que tengo preparada una obra de relatos cortos, ilustrada por una pintora amiga. Después de registrarla convenientemente, comenzó la búsqueda de editorial, y me he encontrado con una gran variedad de ellas. Incluso las hay que me ofrecieron un contrato personalizado, pero las condiciones no me terminaron de convencer. Además, al final, volvía a ser online...
También me encontré con algún otro que cobraba por todo, desde el análisis de la obra hasta finalmente editarla. Entiendo que cada cual es libre de poner precio a su trabajo, pero si, de entrada, tengo que pagar ya tan solo para que la revisen, y luego resulta que no convence, al final habré perdido dinero, tiempo y ganas.
Para ser justos, he de decir que, tras participar en varios concursos de microrrelato, convocados por una editorial, y haber sido seleccionadas algunas de mis historias para formar parte de un libro, me escribieron un par de veces diciéndome que les había gustado mi forma de escribir y que me invitaban a formar parte de antologías colaborativas. En principio me pareció bien, hasta que me leí en qué consistía el CROWDFUNDING COLABORATIVO y, sinceramente, no me convenció.
Todo esto me llevó a intentarlo con editoriales físicas, de aquí. Busqué contactos, y escribí. Sin embargo, en todos los casos, la respuesta fue la misma: estaban cerradas a nuevos manuscritos ante el volumen de obras para revisar. Y yo me pregunto: ¿Cómo hace el resto de la humanidad para publicar? Porque, hoy en día, cualquiera lo hace. Debe ser que en este país, lo de tener padrino, aún sigue vigente y, como dice el refrán, "unos nacen con estrella y otros estrellados".