ÚLTIMAS VOLUNTADES

 

                              Cuando yo me muera

                               no me lleves flores. 

                               Prefiero algún libro

                               que hable de esperanza,

                               que hable de ilusiones,

                               que grite a los vientos

                               que la vida es bella. 

                                Y junto a mi tumba

                               coloca un estante.

                               Ponle algún techado,

                               que me los proteja,

                               de la luz del sol, 

                               la brisa y el agua.

                               Cuando yo me muera,

                               déjame algún libro,

                               por pequeño que sea,

                               por si llega alguien 

                               con el alma rota

                               y los pies cansados.

                              Que pueda sentarse

                               a leer un rato,

                               buscando el sosiego 

                               en la voz de tantos.

                               Y si se lo lleva,

                               tú no pases pena.

                               Para eso lo quiero,

                               y no solo de muestra…

LA ANCIANA

 

     Ella esperaba sentada junto a la ventana, mirando sin ver, dejando que los tibios rayos del sol mañanero le calentaran sus oxidados huesos. Aquellos eran los únicos momentos en que su habitación se iluminaba. El resto del día era oscura, como si quisiera compadecerse de ella. Las cuidadoras siempre encendían la luz, pero, en cuanto la dejaban sola, la anciana la apagaba. Prefería la que entraba por los pequeños cristales, aunque fuera poca, aunque la dejara sumida en la penumbra.
     Se levantaba al amanecer y se aseaba. No permitía que nadie la ayudara a bañarse, ni a vestirse. Todavía no...Luego se sentaba junto a la ventana, para ver salir el sol detrás del aparcamiento, sobre los árboles. Y así podía ver también si alguno de sus hijos iba a visitarla. Ya ni recordaba cuándo había sido la última vez. En cuanto les firmó los papeles de la donación de su casa para evitar que tuvieran problemas con la herencia cuando ella ya no estuviera, les faltó tiempo para meterla en aquella residencia, con la excusa de que le fallaba la memoria y no podía vivir sola. Y allí llevaba dos años, abandonada a su suerte, entre las cuatro paredes de su habitación. Las cuidadoras la obligaban a salir, a hacer las comidas en el comedor, a dar paseos por el jardín, pero ella, que siempre había sido tímida y de pocas palabras, ahora se había cerrado en un mutismo selectivo, y prácticamente no hablaba. El único momento en que se distraía era cuando les daban el taller de pintura. Mientras pintaba, sus ojos brillaban, y su rostro se volvía sereno y apacible. Pero la temática de sus cuadros era siempre la misma: el cielo. Podía ser al amanecer, al mediodía, durante una tormenta, o una noche estrellada. Cuando terminaba uno, se quedaba largo tiempo mirándolo, absorta, perdida en ese cielo que había plasmado con las pinturas al agua, o con los óleos, o con los pasteles, o con el carboncillo.
     Una tarde de verano, especialmente calurosa, al pintar su cuadro, incluyó una silueta. Se trataba de una mujer mayor, con gafas, pelo corto y algo gruesa, sentada en una silla, bajo un árbol. Cuando la profesora del taller, extrañada por el cambio, le preguntó quién era esa mujer, ella respondió: - Es mi abuela. Me está esperando.
     Aquella noche, la anciana se fue mientras dormía, sin hacer ruido, sin molestar, como había vivido. En su rostro, por primera vez, había una sonrisa.

LA DIFÍCIL TAREA DE PUBLICAR UN LIBRO

      Hoy no traigo un relato, ni un poema, sino tan solo una reflexión. 

     Cuando uno escribe, y me imagino que esto le pasará a cualquier escritor, lo que quiere es compartir su obra, que llegue a los posibles lectores, que toque sus almas, ya que en  todo acto de escribir, se deja un poco de uno mismo. 

      Al empezar con mis primeros poemas, a la edad de catorce años, soñaba con que, algún día, pudiese llegar a convertirme en escritora, y poder, por qué no, publicar mis libros. Y hace algunos años, lo hice con una editorial online. Fueron dos obras: una de relatos cortos sobre mujeres y otra de poemas. Terminé comprando yo misma una serie de ejemplares y regalándolos a mi familia y amigos. Aunque siguen en la editorial, como solo se editan a demanda, ambos han quedado en el olvido. Yo no sé hacer publicidad y ellos tampoco pusieron mucho empeño. 

      Ahora que ya he pasado a esa etapa en la que la vida laboral es una pura anécdota, decidí retomar la idea de publicar, ya que tengo preparada una obra de relatos cortos, ilustrada por una pintora amiga. Después de registrarla convenientemente, comenzó la búsqueda de editorial, y me he encontrado con una gran variedad de ellas. Incluso las hay que me ofrecieron un contrato personalizado, pero las condiciones no me terminaron de convencer. Además, al final, volvía a ser online...

     También me encontré con algún otro que cobraba por todo, desde el análisis de la obra hasta finalmente editarla. Entiendo que cada cual es libre de poner precio a su trabajo, pero si, de entrada, tengo que pagar ya tan solo para que la revisen, y luego resulta que no convence, al final habré perdido dinero, tiempo y ganas. 

     Para ser justos, he de decir que, tras participar en varios concursos de microrrelato, convocados por una editorial, y haber sido seleccionadas algunas de mis historias para formar parte de un libro, me escribieron un par de veces diciéndome que les había gustado mi forma de escribir y que me invitaban a formar parte de antologías colaborativas. En principio me pareció bien, hasta que me leí en qué consistía el CROWDFUNDING COLABORATIVO y, sinceramente, no me convenció. 

       Todo esto me llevó a intentarlo con editoriales físicas, de aquí. Busqué contactos, y escribí. Sin embargo, en todos los casos, la respuesta fue la misma: estaban cerradas a nuevos manuscritos ante el volumen de obras para revisar. Y yo me pregunto: ¿Cómo hace el resto de la humanidad para publicar? Porque, hoy en día, cualquiera lo hace. Debe ser que en este país, lo de tener padrino, aún sigue vigente y, como dice el refrán, "unos nacen con estrella y otros estrellados".