LA NADA

Fue la visión de aquellos ojos claros, limpios, casi diáfanos, atravesándole el alma, lo que le hizo girar la cabeza a su paso. Entonces percibió que detrás de sí mismo habitaba la nada. Y comprendió por qué siempre había sentido un terrible frío en la espalda.


ECLIPSE

Todos decían de él que era como una mañana soleada de primavera, cálida, clara, agradable.   Siempre reía, y su risa era un bálsamo perfecto contra cualquier tristeza.
Pero un día la envidia se cruzó en su camino y su vida fue ya eternamente un eclipse. 

MISERIA

Era lento su andar... Iba arrastrando los pies, como si el peso del mundo se posara a cada instante sobre sus hombros caídos. No tenía rumbo, ni lugar a dónde ir. Simplemente vagaba, dejándose llevar. A veces, de vez en cuando, sus ojos se posaban en una flor del camino, del parque, de una maceta. Nunca la tocaba. Solo la olía con deleite, y era como si todo el aroma de una primavera esquiva para él asomara de repente, inundando sus pulmones. Por un momento olvidaba su miseria y su soledad. Luego continuaba su marcha, con el recuerdo del olor impregnado bajo su piel.

Otras veces se detenía ante algún restaurante, panadería o dulcería. Nunca pedía, pero, en ocasiones, algún alma caritativa le ofrecía un dulce, un pan, o quizás un bocadillo. En ese momento, daba las gracias, lo cogía con cuidado y se iba a un lugar apartado, lejos de las miradas de lástima. Allí, muy despacio, comenzaba a masticar los pequeños trozos del suculento majar, tan pequeños como sus ocho años de vida. Y de nuevo volvía a confiar. 

AUTISMO

     Ella caminaba llevando de la mano a sus dos mellizos, a él, del lado derecho, a ella, del lado izquierdo. Iban despacio, al ritmo meticuloso de los niños que, ajenos al tiempo, se paraban en cada piedra, cada flor, cada hoja, cada hueco destartalado del camino. De vez en cuando, él daba un grito. Su hermana lo miraba y se reía. Su madre, la adulta distante de aquellos juegos incomprensibles, sentía su corazón romperse de dolor. ¡Cuánta ausencia en las miradas, en aquellos, a veces, fríos mundos solitarios! Pero de repente, cuatro pequeñas manos se abrazaban a sus piernas, y el sol volvía de nuevo a calentar…

VIEJO Y RECIO

                  Vivió durante casi cien años. Era viejo pero recio. Quien lo contemplaba no podía dejar de admirar su elegancia de antaño.
              Su mayor virtud era guardar fielmente los secretos que le confiaban. Jamás nadie dio las quejas por su indiscreción.

              El día que decidieron prescindir de él fue el más amargo de su vida. Pero, al fin y al cabo, ¡para qué sirve un gavetero lleno de polillas...!

EL SASTRE

              Tenía fama de ser el mejor sastre de la ciudad. Aunque ya se vendían las ropas confeccionadas, los hombres seguían acudiendo a él para encargarle camisas, pantalones, chalecos, trajes, y cualquier cosa que sus manos fuesen capaces de hacer. Y mientras les tomaba las medidas, o mientras les probaba, los hombres le contaban sus vidas, sin darse cuenta de que el sastre también les cosía sus sueños rotos.