Sentada en el sillón floreado, abrazando sus
rodillas huesudas y sintiendo los arrítmicos latidos de su corazón, la mujer de
largos cabellos grises esperaba. ¿Qué? ¿Quién? Daba igual. Ya hacía mucho
tiempo que había dejado de importarle. Mucho tiempo aguardando una respuesta a
una simple pregunta: ¿Me quieres? Mas el silencio se la había llevado.
Ese día, mientras iba borrando de
su mente, uno a uno, cada pensamiento acumulado durante siglos, contemplando
las flores descoloridas de su sillón, aspiró un aroma nuevo en el ambiente. O
tal vez era viejo, pero sólo ahora lo percibía. Se levantó. Se dirigió al
espejo ovalado de la pared y comenzó a peinarse con las manos entumecidas. Se
acarició el rostro marchito, las arrugas surcadas de dolor y sonrió con
tristeza. Se dio la vuelta y asió con firmeza los dedos que le tendían,
encaminándose juntas hacia la sombra. Ahora no estaría sola. Serían, por fin,
dos, la muerte y ella.
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