MUJER SOLA

 



Hoy he visto a una mujer

que hablaba sola por la calle,

con su yo se debatía,

reivindicaba algún hecho,

a carcajadas reía

gesticulando, 

andando,

mirando sin mirar la vida.

Hoy he visto a una mujer

avanzando,

resistiendo,

acaparando respuestas

de las que llevaba el viento.

Hoy he visto a una mujer

escuchando su silencio

y he creído que era yo

rumiando mi desaliento.


LA MUJER DEL CUARTO PISO

 

     La mujer del cuarto piso solía asomarse a la ventana, no para espiar a nadie, solo para escuchar la vida. En una casa tan silenciosa como la suya, cualquier voz, cualquier risa, era bienvenida.

     Una tarde de verano, mientras trataba de leer un libro acunada por el sopor de aquellas horas, escuchó una conversación. Era una voz de mujer, joven, hablando por teléfono. Estaba alterada. Por sus palabras, al otro lado de la línea debía de estar su pareja. La mujer del tercero comprendió que la chica se había quedado embarazada y que no quería o no podía tener a ese bebé, pero le reprochaba a él que se desentendiera y no la acompañara cuando, al día siguiente, le metieran las agujas, como ella decía. En ese punto, la mujer cerró la ventana. Un dolor sordo se había instalado en su vientre. Comprendía demasiado bien a la joven, y pensó que ojalá aquello no hubiera sucedido. Pero los errores se pagan. Y cada día del resto de su vida soñaría con el rojo carmesí de su sangre.



AGUARDANDO

 

Uno a uno

se van desgranando

los pasos ausentes,

las voces lejanas,

las miradas opacas.

Uno a uno,

cada ser

que entra y sale,

va dejando,

sin querer,

un incómodo y forzado

vacío en el aire.



EN LA LIBRERÍA

 

Tras el escaparate, ella veía pasar la vida: jóvenes parejas con bebés en los brazos, ancianos de andar lento e inseguro, escolares en cabalgata carnavalera, trabajadores apresurados y exhaustos. Mientras, a su lado, los otros libros permanecían inmóviles. Solo ella, la mujer de la portada, palpitaba con cada cliente que entraba.

EL COLCHÓN

 

     Otilia llevaba más de treinta años sin dormir una noche entera. Cuando se quedó embarazada de su primer hijo, perdió el sueño, pasándose los nueve meses navegando en la vigilia. Y una cosa llevó a la otra: ya nunca más lo recuperó. Como es bien sabido, la falta de sueño acarrea algunas complicaciones que, en su caso, se convirtieron en todo tipo de dolencias.  Un día, mientras paseaba, se fijó en una tienda que nunca había visto. Se llamaba El hogar de los sueños. Curiosa, decidió entrar. Allí solo vendían colchones de todo tipo. Un dependiente, entrado ya en años, se le acercó solícito.

—¡Buenas tardes! —le dijo con una sonrisa —. ¿En qué puedo ayudarla?

—Buenas tardes —respondió Otilia —. La verdad es que no estoy segura. Tengo problemas para dormir y me preguntaba si, cambiando de colchón, mejoraría.

—Entonces ha venido al lugar adecuado. Acompáñeme —le rogó el dependiente.

     Le mostró todo un surtido de los más variados colchones. Mientras ella los miraba con rostro impasible, él iba relatando las virtudes de cada uno:

—Este colchón es para evitar las pesadillas. Este otro es idóneo para las noches apasionadas. Este va de maravilla para controlar la temperatura del cuerpo. Y este de aquí, es el más adecuado para dejarse llevar y soñar las más increíbles historias.

—¿Y no tiene ninguno para dormir toda la noche? —preguntó ella.

     El dependiente la miró con compasión y susurró:

—Ese es un colchón tan especial que se hace bajo pedido, ya que depende de las características de cada persona.

—¿Y funciona? —quiso saber Otilia.

—Siempre funciona —fue la tajante respuesta.

—¡Entonces quiero uno! —rogó ella con ansiedad.

     El hombre sacó un muestrario de un cajón y le hizo varias preguntas, anotando en un impreso los datos que necesitaba. Calculó el importe, el cual Otilia pagó sin ninguna duda.

—En cinco días lo tendrá en su casa.

     Exactamente al quinto día le llevaron el tan ansiado colchón. Le dijeron que debía dejarlo 24 horas para que recuperara su forma, ya que venía al vacío. Esa noche, sentada en su cama de siempre, Otilia contemplaba su nuevo colchón, rogando para que las horas pasaran lo antes posible. Cuando por fin, la noche siguiente, se acostó, al principio no notó nada, excepto una firmeza inusual. Pero, poco a poco, su cuerpo se fue relajando, como si cientos de dedos lo estuviesen masajeando con suavidad. No sentía frío ni calor, no sentía dolor, solo una inmensa y abrumadora paz. Por primera vez en años, Otilia durmió ocho horas seguidas. Al despertar, notó algo extraño. Su cuerpo no pesaba, no percibía sus movimientos, no escuchaba ni veía nada y, a su alrededor, todo era blanco y luminoso. Hasta que una voz grave y dulce le habló:

—¡Bienvenida al mundo de los sueños!

     En su habitación quedó una cama vacía, deshecha, y nadie pudo explicarse qué había sido de la mujer insomne.



SOÑABA EL MOZO

 

Soñaba el mozo en la era

sin saber ni qué quería,

tal vez algún puente ciego,

quizás mil aros brillantes.

Soñaba que una luz ardía

junto a su rostro dormido,

 en tanto él sonreía

a aquellos ojos galantes.

Y eran ellos los que hablaban,

los que, su piel, anhelaban,

mientras él solo soñaba

con pupilas azuladas.

Pupilas que se dilatan,

que deleitan,

que delatan,

dejando un beso robado

en la impoluta almohada.


EL VIENTO


 

El viento buscaba su sombra

por cañas y arenales,

danzando entre remolinos,

silbando sobre los mares.

Buscaba el viento su sombra

bajo un espejo de luna

mientras la noche lloraba

al ritmo de los tambores.

El viento perdió su sombra,

ya no hay quien lo acompañe,

y vaga por los resquicios

de las guerras y del hambre.