A PESAR DE TODO

 

Ella siempre había sido fuerte. Lo fue cuando la sordera le impedía comunicarse con los demás, cuando se puso los audífonos por primera vez sin saber si funcionarían, cuando emigró a un país extraño tratando de dar a su familia una vida mejor. Lo fue cuando su compañero de vida se marchó antes que ella, cuando se sintió maltratada por sus hijos, cuando decidió jubilarse y dedicarse a lo que más le gustaba, cuando sintió el peso de la soledad. Porque ella siempre había sido fuerte. Pero el día que le descubrieron un bulto en el pecho, tembló…porque no sabía… Y vinieron pruebas, analíticas, exploraciones, hasta que, irremediablemente, acabó en la mesa de operaciones. Al despertar de la anestesia y descubrir que no tenía senos, respiró hondo, a pesar del dolor. Aquellas cicatrices de lado a lado se convirtieron en su punto más fuerte. No tenía pechos, es cierto, ¿y qué más daba? Estaba viva. Daba gracias cada día por seguir respirando y por permitirle seguir siendo fuerte, a pesar de todo…


EL VENTILADOR

 

     Mientras escribía, el joven notaba cómo las gruesas gotas de sudor resbalaban por su rostro y caían irremediablemente en el teclado. Cada pocas líneas debía levantarse para ir a buscar un vaso de agua con hielo que le permitiera mitigar las horas vespertinas de aquel tórrido mes. Tras el quinto viaje a la cocina, mientras rellenaba el vaso y sacaba del congelador los últimos cubitos, descubrió, escondido en un rincón de la despensa, un viejo ventilador. Sin saber a ciencia cierta si funcionaba, decidió llevárselo hasta su despacho y comprobarlo. Lo enchufó, lo colocó a un lado de la mesa y le dio al botón. Al instante, las aspas comenzaron a girar, al principio despacio para luego, poco a poco, ir cogiendo velocidad. El joven novelista se sentó delante del aparato, dejando que el aire le arremolinara los cabellos. Y fue en ese preciso momento, sin que el escritor tuviese tiempo de reaccionar, cuando el ventilador cambió el sentido de las aspas y, absorbiendo las palabras escritas en la pantalla y las ideas del muchacho, lo dejó inmóvil, como si de una estatua se tratara. Horas después, cuando su familia llegó, lo encontró sentado junto a su escritorio, sin parpadear, sin hablar, sin poderse mover. En el monitor de su ordenador, una página en blanco esperaba ser escrita y, sobre la mesa llena de polvo, se dibujaba la silueta de un ventilador.