SABOR A CHOCOLATE

 

     Ella siempre fue adicta al chocolate, pero, cuando desarrolló una enfermedad rara, le prohibieron comerlo. Comenzó una dieta estricta. Al principio sentía la falta del dulce alimento, pero, con el tiempo, acabó por acostumbrarse y dejó de echarlo de menos. El día que le permitieron comer un solo bombón, eligió el de caramelo salado, sus favoritos. Al terminar de almorzar, cogió uno de la caja, se sentó de nuevo a la mesa y lo desenvolvió con sumo cuidado. Luego comenzó a darles pequeños mordisquitos, saboreando cada bocado, mientras dejaba que se derritieran entre su lengua y su paladar. Al terminar, fue tan intenso el sabor que le quedó en la boca que decidió no cepillarse los dientes hasta que desapareciera. Y como la mente a veces juega malas pasadas, aún, a día de hoy, continúa con el sabor a chocolate entre sus labios.



CALCETINES VIUDOS

 


     Cuando mi madre ponía la ropa a lavar, siempre salía algún calcetín sin pareja. Por más que lo buscábamos, nunca aparecía. Yo pensaba que se los tragaba la lavadora, pero incluso, abriendo el filtro, tampoco lo veíamos. Mi madre me decía que esos eran los calcetines viudos, ya que habían perdido a su pareja. Entonces, un día, decidí meterlos todos juntos en una caja. Así, al menos, no se sentirían tan solos. A los pocos días, cuando la abrí de nuevo para guardar otro, me encontré con una sorpresa. Todos los calcetines se habían emparejado. Aunque no fueran exactamente iguales, cada uno había buscado aquel con el que más se identificaba: uno rosa con uno azul, uno de rombos con otro de flores, uno violeta y otro naranja…Entonces comprendí que aquella caja era como la vida. No importa lo distintos que seamos. Siempre habrá alguien con quien compartir nuestros mejores recuerdos.

LA ANCIANA DEL CEMENTERIO

 



     La anciana acudía cada mañana al cementerio. Recorría despacio los pasillos, contemplando las lápidas. Solo se detenía ante aquellas que estaban llenas de polvo, con flores marchitas como un tiempo eterno y, ante cada una, rezaba una oración silenciosa y colocaba una rosa blanca. En una ocasión le preguntaron el porqué de aquello, si acaso eran tantos los conocidos que se habían marchado. Ella, muy seria, respondió: —Toda alma necesita oraciones. Aquí hay muchas almas olvidadas, almas que, quizá por falta de tiempo o porque aún duele demasiado, no tienen quien se acerque a hacerles una visita y a rezarles. Yo no tengo a nadie en este mundo, ni familia, ni amigos…Cuando yo no esté, nadie me echará de menos, pero sí sé que todas estas almas me estarán esperando en el otro lado.

     Un sábado de primavera la anciana no despertó. Los vecinos, acostumbrados a su salida diaria, se extrañaron. Al tercer día, viendo que no respondía al timbre, avisaron a la policía. Al entrar, la encontraron sentada en su sillón, con un libro sobre su regazo. Nadie supo explicar el fenómeno, pero, aquel día, en el cielo, cientos de oscuras nubes dibujaron miles de formas caprichosas y, en vez de agua, llovieron pétalos blancos.