Ella siempre fue adicta al chocolate,
pero, cuando desarrolló una enfermedad rara, le prohibieron comerlo. Comenzó
una dieta estricta. Al principio sentía la falta del dulce alimento, pero, con
el tiempo, acabó por acostumbrarse y dejó de echarlo de menos. El día que le
permitieron comer un solo bombón, eligió el de caramelo salado, sus favoritos.
Al terminar de almorzar, cogió uno de la caja, se sentó de nuevo a la mesa y lo
desenvolvió con sumo cuidado. Luego comenzó a darles pequeños mordisquitos,
saboreando cada bocado, mientras dejaba que se derritieran entre su lengua y su
paladar. Al terminar, fue tan intenso el sabor que le quedó en la boca que
decidió no cepillarse los dientes hasta que desapareciera. Y como la mente a
veces juega malas pasadas, aún, a día de hoy, continúa con el sabor a chocolate
entre sus labios.



