MUJER SOLA

 



Hoy he visto a una mujer

que hablaba sola por la calle,

con su yo se debatía,

reivindicaba algún hecho,

a carcajadas reía

gesticulando, 

andando,

mirando sin mirar la vida.

Hoy he visto a una mujer

avanzando,

resistiendo,

acaparando respuestas

de las que llevaba el viento.

Hoy he visto a una mujer

escuchando su silencio

y he creído que era yo

rumiando mi desaliento.


LA MUJER DEL CUARTO PISO

 

     La mujer del cuarto piso solía asomarse a la ventana, no para espiar a nadie, solo para escuchar la vida. En una casa tan silenciosa como la suya, cualquier voz, cualquier risa, era bienvenida.

     Una tarde de verano, mientras trataba de leer un libro acunada por el sopor de aquellas horas, escuchó una conversación. Era una voz de mujer, joven, hablando por teléfono. Estaba alterada. Por sus palabras, al otro lado de la línea debía de estar su pareja. La mujer del tercero comprendió que la chica se había quedado embarazada y que no quería o no podía tener a ese bebé, pero le reprochaba a él que se desentendiera y no la acompañara cuando, al día siguiente, le metieran las agujas, como ella decía. En ese punto, la mujer cerró la ventana. Un dolor sordo se había instalado en su vientre. Comprendía demasiado bien a la joven, y pensó que ojalá aquello no hubiera sucedido. Pero los errores se pagan. Y cada día del resto de su vida soñaría con el rojo carmesí de su sangre.