La mujer del cuarto piso solía asomarse a la ventana, no para espiar a
nadie, solo para escuchar la vida. En una casa tan silenciosa como la suya,
cualquier voz, cualquier risa, era bienvenida.
Una tarde de verano, mientras trataba de leer un libro acunada por el
sopor de aquellas horas, escuchó una conversación. Era una voz de mujer, joven,
hablando por teléfono. Estaba alterada. Por sus palabras, al otro lado de la
línea debía de estar su pareja. La mujer del tercero comprendió que la chica se
había quedado embarazada y que no quería o no podía tener a ese bebé, pero le
reprochaba a él que se desentendiera y no la acompañara cuando, al día
siguiente, le metieran las agujas, como ella decía. En ese punto, la mujer
cerró la ventana. Un dolor sordo se había instalado en su vientre. Comprendía demasiado
bien a la joven, y pensó que ojalá aquello no hubiera sucedido. Pero los
errores se pagan. Y cada día del resto de su vida soñaría con el rojo carmesí
de su sangre.