Aquella noche el aroma a sal se percibía hasta los confines del horizonte. Oscuras sombras lo flanqueaban, en un vano intento de separar el mar de la tierra, y el firmamento, plagado de estrellas, se vestía de gala, mientras la Luna, inmensa, redonda y solitaria iba dejando la estela a su paso.
Aquella noche, los enamorados se tomarían de la mano, se mirarían a los ojos y se prometerían amor eterno.
Aquella noche, los locos se abrazarían con fuerza, danzarían sobre sí mismos y aguardarían el amanecer con la mente fija en el blanco astro.
Los otros reirían con fuerza tras cada baño de Luna.
