COMPRENSIÓN

     Ella vivía entre las prisas de inventarse a sí misma cada día. Se inventaba una razón para saltar de la cama, para ir al trabajo, para volver por las noches. Se inventaba, incluso, una razón, para respirar y olvidarse del dolor, para sonreír cuando no tenía ganas, para abrazar cuando sus brazos no tenían ya fuerzas.
     Ella vivía entre las prisas, huyendo de las palabras hirientes, de las miradas envidiosas, de los saludos vacíos, sin notar que la arena de su reloj no detenía su caída. Pero un día se paró. Se detuvo ante un atardecer y dejó que los últimos rayos llenaran los huecos de su alma agrietada. Respiró hondo y sintió que ya dolía menos. Se contempló a sí misma, ligera, liviana, casi etérea. Sólo entonces comprendió que ya no necesitaba nada y que ya no le lastimaban los comentarios malintencionados. Dejó allí su cuerpo gastado, su piel herida y todas, todas sus prisas.






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