Ella vivía entre las prisas de
inventarse a sí misma cada día. Se inventaba una razón para saltar de la cama,
para ir al trabajo, para volver por las noches. Se inventaba, incluso, una
razón, para respirar y olvidarse del dolor, para sonreír cuando no tenía ganas,
para abrazar cuando sus brazos no tenían ya fuerzas.
Ella vivía entre las prisas, huyendo
de las palabras hirientes, de las miradas envidiosas, de los saludos vacíos,
sin notar que la arena de su reloj no detenía su caída. Pero un día se paró. Se
detuvo ante un atardecer y dejó que los últimos rayos llenaran los huecos de su
alma agrietada. Respiró hondo y sintió que ya dolía menos. Se contempló a sí
misma, ligera, liviana, casi etérea. Sólo entonces comprendió que ya no
necesitaba nada y que ya no le lastimaban los comentarios malintencionados. Dejó
allí su cuerpo gastado, su piel herida y todas, todas sus prisas.
Me encantó. !!!!
ResponderEliminarMuchas gracias, amiga! Eso me da ánimos para seguir!
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