INCERTIDUMBRE

Son las 6:30 de la mañana. Sobre la mesa de la cocina espera el desayuno que ella, como cada día, le ha preparado. A pesar de los años que tiene, sigue haciéndolo, como siempre: el zumo de naranja recién exprimido, el sándwich, la leche caliente con poco café y una cucharada de azúcar... Y entonces, solo entonces, acude a despertar al hijo, también como siempre, aunque él ponga la alarma del móvil, no sea que se quede dormido y llegue tarde a clase. Después ella, la madre, termina de arreglarse, pues, con un poco de suerte, se habrá desayunado. Y a las siete, antes de irse, despertará a la hija, le dará la medicación, y la dejará dormir un poco más, asegurándose de que haya puesto el despertador. Ella puede permitirse ese pequeño lujo, pues entra más tarde a clase. Y así, ya tranquila, recoge sus cosas y se marcha, cerrando la puerta con cuidado de no hacer ruido. Fuera la espera otro día de trabajo, gastando unas energías que, a veces, ya no le quedan, pero que debe dar para que esos pequeños que dependen de ella, la madre-maestra, para que aprendan, aunque sea, a ser buenas personas. En casa se queda la incertidumbre, y la necesidad de confiar en que la veintena de años traiga la madurez...

EL VAGABUNDO

Él contempla la vida pasar, absorto en sus pensamientos. Sentado en la acera, sus ropas ajadas y sucias, sus uñas ennegrecidas por muchos días de no lavarse, dicen mucho de él. Pero no pide nada, no molesta. A veces, musita entre dientes un absurdo soliloquio que nadie comprende, pero que en su cabeza tiene todo el sentido del mundo, pues afloran a sus ojos dos lágrimas, resbalando por su rostro marchito, que aparta con sus mugrientas manos, dejando un rastro negro tras de sí. En ocasiones, algún alma caritativa le lleva algo de comer y él lo agradece con una enorme sonrisa, que deja al descubierto su desdentada boca.

        Un día, se sienta junto a un muro, y allí, entre el musgo y la hierba que crece salvaje, descubre una pequeña flor. La arranca con cuidado. Es blanca, inmaculada. La toma entre sus enormes dedos y el contraste llama la atención: la pequeñez entre la inmensidad, blanco sobre negro. Él la contempla con ternura, ajeno a lo que sucede a su alrededor. En ese instante mágico, nada importa, excepto él y la flor, que le recuerda que, a pesar de todo, en el mundo sigue habiendo belleza.