Son las 6:30 de la mañana. Sobre la mesa de la cocina espera
el desayuno que ella, como cada día, le ha preparado. A pesar de los años que
tiene, sigue haciéndolo, como siempre: el zumo de naranja recién exprimido, el
sándwich, la leche caliente con poco café y una cucharada de azúcar... Y
entonces, solo entonces, acude a despertar al hijo, también como siempre,
aunque él ponga la alarma del móvil, no sea que se quede dormido y llegue tarde
a clase. Después ella, la madre, termina de arreglarse, pues, con un poco de
suerte, se habrá desayunado. Y a las siete, antes de irse, despertará a la hija, le dará la medicación, y la dejará dormir un poco más,
asegurándose de que haya puesto el despertador. Ella puede permitirse ese pequeño
lujo, pues entra más tarde a clase. Y así, ya tranquila, recoge sus cosas y se
marcha, cerrando la puerta con cuidado de no hacer ruido. Fuera la espera otro
día de trabajo, gastando unas energías que, a veces, ya no le quedan, pero que
debe dar para que esos pequeños que dependen de ella, la madre-maestra, para que aprendan, aunque sea, a
ser buenas personas. En casa se queda la incertidumbre, y la necesidad de confiar en que la veintena de años traiga la madurez...
Este blog nace con el deseo de dar a conocer las palabras que, desde que salen de mi mano, van directo al papel, y, de allí, al aire. Siempre que alguien las lee en voz alta, ellas vuelan a su antojo hasta los rincones más insospechados y, si la lectura es en silencio, se quedan ya para siempre en el alma de los lectores.
INCERTIDUMBRE
En el 2017 comencé este blog para dar a conocer mis escritos. Durante años lo dejé de lado por motivos personales, pero hoy, a esta hora en la que el sueño me ha abandonado, he decidido retomarlo. Publicar un libro no es fácil, así que, al menos, compartiré mis relatos y poemas con todo aquel que quiera acercarse hasta este pequeño rincón a leer un rato. Deseo que mis palabras, las "palabras al aire", les toquen el alma. Con eso, me doy por satisfecha.
EL VAGABUNDO
Él contempla la vida pasar, absorto en sus pensamientos.
Sentado en la acera, sus ropas ajadas y sucias, sus uñas ennegrecidas por
muchos días de no lavarse, dicen mucho de él. Pero no pide nada, no molesta. A
veces, musita entre dientes un absurdo soliloquio que nadie comprende, pero que
en su cabeza tiene todo el sentido del mundo, pues afloran a sus ojos dos lágrimas,
resbalando por su rostro marchito, que aparta con sus mugrientas manos, dejando
un rastro negro tras de sí. En ocasiones, algún alma caritativa le lleva algo
de comer y él lo agradece con una enorme sonrisa, que deja al descubierto su
desdentada boca.
Un día, se
sienta junto a un muro, y allí, entre el musgo y la hierba que crece salvaje,
descubre una pequeña flor. La arranca con cuidado. Es blanca, inmaculada. La
toma entre sus enormes dedos y el contraste llama la atención: la pequeñez entre
la inmensidad, blanco sobre negro. Él la contempla con ternura, ajeno a lo que
sucede a su alrededor. En ese instante mágico, nada importa, excepto él y la
flor, que le recuerda que, a pesar de todo, en el mundo sigue habiendo belleza.
En el 2017 comencé este blog para dar a conocer mis escritos. Durante años lo dejé de lado por motivos personales, pero hoy, a esta hora en la que el sueño me ha abandonado, he decidido retomarlo. Publicar un libro no es fácil, así que, al menos, compartiré mis relatos y poemas con todo aquel que quiera acercarse hasta este pequeño rincón a leer un rato. Deseo que mis palabras, las "palabras al aire", les toquen el alma. Con eso, me doy por satisfecha.
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