Una vez más, ella llegó ante la puerta abierta. Siete escalones la separaban de un frío rellano, desde donde se distribuían las diferentes dependencias: puerta acristalada, escaleras hacia el primer piso, la secretaría, la dirección, los baños, la sala de profesores, la biblioteca...
Cada año se le hacía más difícil encajar en aquel lugar... Ella era diferente... Su forma de enseñar era diferente... La distribución de las mesas en su aula era diferente... Por eso no era bien aceptada por algunos de sus compañeros. Porque cuando acababa el curso, la media de su clase era la más alta, pero no porque regalase las notas, sino porque sus chicos, como ella los llamaba, sabían todo lo que tenían que saber y aún más. Además, la querían con locura. Para ellos no existía una maestra mejor.
Pero ese día, al entrar, notó que algo había cambiado. La pared blanca y azul de la entrada, se había convertido en el fondo del mar, llenándose de peces, algas, rocas, estrellas marinas... Al llegar al rellano, en la puerta acristalada, decenas de caras sonrientes, fotografiadas en los momentos más insospechados, le daban los buenos días, alegrándole el alma, y el pasillo, se había cubierto de murales infantiles. Ella no salía de su asombro. En qué momento habían hecho todo aquello. ¿Sería posible que en el mes que había estado de baja se hubiese dado aquel cambio en el colegio?
No tuvo mucho tiempo para pensar. En seguida comenzó a escuchar unas voces que gritaban su nombre y se vio rodeada por pequeñas manos que la abrazaban. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Tal vez, después de todo,aún había esperanza...
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