Otilia llevaba más de treinta años sin
dormir una noche entera. Cuando se quedó embarazada de su primer hijo, perdió
el sueño, pasándose los nueve meses navegando en la vigilia. Y una cosa llevó a
la otra: ya nunca más lo recuperó. Como es bien sabido, la falta de sueño
acarrea algunas complicaciones que, en su caso, se convirtieron en todo tipo de
dolencias. Un día, mientras paseaba, se
fijó en una tienda que nunca había visto. Se llamaba El hogar de los sueños.
Curiosa, decidió entrar. Allí solo vendían colchones de todo tipo. Un
dependiente, entrado ya en años, se le acercó solícito.
—¡Buenas
tardes! —le dijo con una sonrisa —. ¿En qué puedo ayudarla?
—Buenas
tardes —respondió Otilia —. La verdad es que no estoy segura. Tengo problemas
para dormir y me preguntaba si, cambiando de colchón, mejoraría.
—Entonces
ha venido al lugar adecuado. Acompáñeme —le rogó el dependiente.
Le mostró todo un surtido de los más
variados colchones. Mientras ella los miraba con rostro impasible, él iba
relatando las virtudes de cada uno:
—Este
colchón es para evitar las pesadillas. Este otro es idóneo para las noches
apasionadas. Este va de maravilla para controlar la temperatura del cuerpo. Y
este de aquí, es el más adecuado para dejarse llevar y soñar las más increíbles
historias.
—¿Y no
tiene ninguno para dormir toda la noche? —preguntó ella.
El dependiente la miró con compasión y
susurró:
—Ese
es un colchón tan especial que se hace bajo pedido, ya que depende de las
características de cada persona.
—¿Y
funciona? —quiso saber Otilia.
—Siempre
funciona —fue la tajante respuesta.
—¡Entonces
quiero uno! —rogó ella con ansiedad.
El hombre sacó un muestrario de un cajón y
le hizo varias preguntas, anotando en un impreso los datos que necesitaba.
Calculó el importe, el cual Otilia pagó sin ninguna duda.
—En
cinco días lo tendrá en su casa.
Exactamente al quinto día le llevaron el
tan ansiado colchón. Le dijeron que debía dejarlo 24 horas para que recuperara
su forma, ya que venía al vacío. Esa noche, sentada en su cama de siempre,
Otilia contemplaba su nuevo colchón, rogando para que las horas pasaran lo
antes posible. Cuando por fin, la noche siguiente, se acostó, al principio no
notó nada, excepto una firmeza inusual. Pero, poco a poco, su cuerpo se fue
relajando, como si cientos de dedos lo estuviesen masajeando con suavidad. No
sentía frío ni calor, no sentía dolor, solo una inmensa y abrumadora paz. Por
primera vez en años, Otilia durmió ocho horas seguidas. Al despertar, notó algo
extraño. Su cuerpo no pesaba, no percibía sus movimientos, no escuchaba ni veía
nada y, a su alrededor, todo era blanco y luminoso. Hasta que una voz grave y
dulce le habló:
—¡Bienvenida
al mundo de los sueños!
En su habitación quedó una cama vacía,
deshecha, y nadie pudo explicarse qué había sido de la mujer insomne.

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