Cuando se levantó aquella mañana de
domingo, Evangelina no se imaginaba lo que le depararía aquel día de asueto.
Ligera como el aire que el mar traía hasta su ventana, se dirigió a la cocina
para preparar su famoso plato de pasta. Ninguna de sus amistades había
conseguido obtener la receta, y todos los intentos que hicieron por emularla,
resultaron fallidos. La combinación de sencillos ingredientes con el toque
personal se había transmitido en su familia durante generaciones. Aquel manjar
resultaba tan afrodisíaco que ningún hombre se había resistido a él.
No le llevó mucho tiempo culminar
su invencible arma. Luego se encaminó al cuarto de baño, donde se acicaló con
esmero. La cita que tenía ese domingo lo merecía.
Una vez en el coche, arrancó el
motor, aguardó unos segundos disfrutando del sonido de su viejo amigo y se puso
en marcha. A su lado, en el suelo, la fuente de pasta compartía el vaivén de
las curvas, los acelerones y los frenazos. Evangelina, más preocupada por la
comida que por la carretera, echaba mano de vez en cuando a la fuente para
colocarla adecuadamente. De repente, en una curva cerrada, su distracción la
hizo colisionar de frente con un camión. Durante unos minutos, reinó la
confusión en aquel espectáculo de cristales rotos, hierros retorcidos y sangre
salpicada, mezclado todo con la salsa especial de la pasta.
Cuando llegó la policía,
comprobaron que a un lado de la cuneta yacía el cuerpo sin vida de una mujer.
Al otro lado, sentado sobre una piedra, el camionero se llevaba a la boca el
último resto de los macarrones que habían aterrizado sobre su parabrisas,
mientras miraba con ojos libidinosos el cadáver casi destrozado.
Hay macarrones que recuerdas y vuelves a saborear. Hay relatos que vuelves a leer y cuyo recuerdo saboreas! Gracias!
ResponderEliminarMuchas gracias!!
ResponderEliminarQuerida Rosa, seus textos trazem indisfarçáveis a sensibilidade de seu espírito.
ResponderEliminarMuito obrigada!!!
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