MACARRONES

              Cuando se levantó aquella mañana de domingo, Evangelina no se imaginaba lo que le depararía aquel día de asueto. Ligera como el aire que el mar traía hasta su ventana, se dirigió a la cocina para preparar su famoso plato de pasta. Ninguna de sus amistades había conseguido obtener la receta, y todos los intentos que hicieron por emularla, resultaron fallidos. La combinación de sencillos ingredientes con el toque personal se había transmitido en su familia durante generaciones. Aquel manjar resultaba tan afrodisíaco que ningún hombre se había resistido a él.
              No le llevó mucho tiempo culminar su invencible arma. Luego se encaminó al cuarto de baño, donde se acicaló con esmero. La cita que tenía ese domingo lo merecía.
              Una vez en el coche, arrancó el motor, aguardó unos segundos disfrutando del sonido de su viejo amigo y se puso en marcha. A su lado, en el suelo, la fuente de pasta compartía el vaivén de las curvas, los acelerones y los frenazos. Evangelina, más preocupada por la comida que por la carretera, echaba mano de vez en cuando a la fuente para colocarla adecuadamente. De repente, en una curva cerrada, su distracción la hizo colisionar de frente con un camión. Durante unos minutos, reinó la confusión en aquel espectáculo de cristales rotos, hierros retorcidos y sangre salpicada, mezclado todo con la salsa especial de la pasta.
              Cuando llegó la policía, comprobaron que a un lado de la cuneta yacía el cuerpo sin vida de una mujer. Al otro lado, sentado sobre una piedra, el camionero se llevaba a la boca el último resto de los macarrones que habían aterrizado sobre su parabrisas, mientras miraba con ojos libidinosos el cadáver casi destrozado.  


4 comentarios:

  1. Hay macarrones que recuerdas y vuelves a saborear. Hay relatos que vuelves a leer y cuyo recuerdo saboreas! Gracias!

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  2. Querida Rosa, seus textos trazem indisfarçáveis a sensibilidade de seu espírito.

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