Cada noche, al acostarse, ella
recordaba su rostro surcado de arrugas, su pelo corto y cano, sus manos
cansadas y su corazón liviano. Recordaba su voz, aunque cada día le sonara un
poco más lejos. Recordaba su risa, empujándola en cada subida.
Cada noche, al acostarse, ella la
recordaba y se dormía. Y cada noche, sin ella saberlo, de la foto que
descansaba junto a su mesilla, salía volando un cálido beso que se acunaba en
su frente.
La primera vez q leí esta historia, aunque corta, no pude hacerlo de golpe pues las lagrimas cegaron mis ojos.Habías descrito, sin conocerla, a un ser especíal y único para mí:mi madre. Gracias Rosa.
ResponderEliminar¡Muchas gracias! Por tus palabras fue como si la conociera.
ResponderEliminar