RAPIDEZ

         Aquel pianista vivía obsesionado por la rapidez de sus dedos, por la ligereza de sus manos. Cada día practicaba durante horas. Hacía continuadas y repetidas escalas, sin dejar de acariciar, aunque fuera levemente, una sola de las teclas. Pero cada vez se exigía más. Necesita más velocidad, más soltura, hasta lograr que sus dedos y manos volaran sobre las teclas.


         Hasta que un día, tocando una de las más complicadas obras de su repertorio, sus dedos echaron a volar, dejando sus manos convertidas en tristes muñones. El pianista se detuvo. Miró los huecos que habían dejado sus dedos traidores y los vio llenos de notas. Sonrió. Acercó una mesa alta. Se descalzó. Se sentó y comenzó a practicar con los pies.

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