Aquel pianista vivía obsesionado por la
rapidez de sus dedos, por la ligereza de sus manos. Cada día practicaba durante
horas. Hacía continuadas y repetidas escalas, sin dejar de acariciar, aunque
fuera levemente, una sola de las teclas. Pero cada vez se exigía más. Necesita
más velocidad, más soltura, hasta lograr que sus dedos y manos volaran sobre
las teclas.
Hasta que un día, tocando una de
las más complicadas obras de su repertorio, sus dedos echaron a volar, dejando
sus manos convertidas en tristes muñones. El pianista se detuvo. Miró los
huecos que habían dejado sus dedos traidores y los vio llenos de notas. Sonrió.
Acercó una mesa alta. Se descalzó. Se sentó y comenzó a practicar con los pies.
Me gustó...!!!!!
ResponderEliminarMuchas gracias!!!!
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