Victoria se había convertido en telefonista
porque no estaba hecha para las labores del campo, ni tampoco quería servir en
casas ajenas. Desde muy niña, y con la enfermedad de su madre, había tenido que
ejercer de ama de casa antes de tener edad para manejar los fogones. Sin embargo,
tuvo que hacerlo. Por ese motivo, al fallecer su progenitora, se vio sola con
dieciséis años. Sin más familia, y contando apenas con la caridad de los
vecinos, un buen día decidió que su suerte tenía que cambiar. Habló con la
maestra del pueblo y ésta le ofreció unas clases particulares para prepararse
el examen de ingreso en La Compañía Telefónica Nacional de España, a cambio de
limpiar la escuela cada día. Trabajaron los dictados, diferentes operaciones
matemáticas, la lectura de varios tipos de textos y cultura general. Le habían
dicho que sus brazos debían tener una longitud determinada, con el fin de
alcanzar dos interruptores situados en extremos opuestos, pero eso no le
preocupaba. Victoria había heredado la altura de su madre, y nunca tuvo
problemas para alcanzar los objetos, por muy arriba que estuvieran.
El día del examen, la maestra la acompañó
hasta la capital, donde se harían las pruebas. Eran tantas las candidatas que
estuvieron todo el día. Un mes más tarde, Victoria recibió una carta
certificada. En ella se le comunicaba que había pasado todas las pruebas y que
empezaría a trabajar a principios del mes siguiente. Debía estar allí el día
veintiséis para una pequeña formación. Teniendo en cuenta que era ya mediados
de mes, solo le quedaban unos días para recoger sus pertenencias, buscar una
pensión en la que hospedarse y cerrar la casa familiar.
El primer día en que, ya formadas, todas
las nuevas operadoras se enfrentaron a aquel tablón lleno de números y
agujeros, ella se sintió orgullosa de lo que había logrado. Aquel puesto
suponía un reconocimiento social que jamás había tenido. Por fin podía ser
alguien, tener amigas entre las compañeras y ganar un sueldo decente. Se sentó
ante su mesa de trabajo, se colocó los auriculares y el micrófono y se dispuso
a contestar la primera llamada. El timbre de su voz, tan suave y melodioso,
viajó por los cables hasta el usuario. Y fueron sus palabras las que convirtieron
cada respuesta en una dulce esperanza.


