LA MOTO

La ciudad estaba desierta a aquellas horas de la madrugada. De vez en cuando, algún coche pasaba rápido ante su puerta, deseoso de llegar a cualquier parte. Tal vez a su conductor le esperaba alguien. Tal vez nadie, como a ella. Pero al menos estaba en la calle, aunque fuera de noche, aunque fuera a solas, aunque fuera por los motivos más insospechados. Muchas veces, cuando no podía dormir, se apostaba detrás de la ventana y esperaba hasta que pasaba algún vehículo que atrajese su atención. Entonces ponía en marcha su imaginación y se creaba una historia.

Aquella noche, fue una moto la que rodó frente a su ventana. Por la melena que asomaba debajo del casco y por la silueta, dedujo que era una mujer. Se preguntó qué haría a aquellas horas ella sola. Iba despacio, como si le costara trabajo llevar la moto. De repente, un poco más abajo de su casa, se detuvo y la aparcó en el arcén. Se bajó y se sentó en el suelo. Ella, la noctámbula solitaria, no sabía qué hacer. En sus creaciones, jamás había tenido que salir de casa de madrugada, ni entrar en contacto con nadie. Pero allí estaba ella, agachada como si le doliera algo. Decidió ir a ayudarla. Se puso una bata sobre el pijama, cogió las llaves y se dirigió a la puerta. Abrió con la mano temblorosa, mirando hacia los lados. Cerró y rodeó las macetas de la entrada. Cuando llegó a la calle, observó con espanto que allí no había nada ni nadie: ni la moto, ni la chica… Sintió que un temblor le recorría el cuerpo… Miró hacia el principio de la calle y comprobó que, una a una, las farolas se iban apagando. Sin entender qué sucedía, corrió hasta su casa, tirando a su paso las macetas. Con manos torpes logró abrir la puerta y cerrar con dos vueltas de llave. Su respiración era agitada… No se atrevía a moverse… Finalmente, haciendo acopio de valor, subió hasta su dormitorio y se metió en la cama. Afuera se oía el viento que había comenzado a soplar con intensidad. De pronto, en medio de la oscuridad, una luz surgida de la nada inició su camino hacia ella, que temblaba sin cesar. Pero justo en el momento en que iba a subirse las mantas para taparse la cabeza, tocó algo duro junto a ella… ¡Un casco de moto! Dio un alarido y se desmayó. Nunca más volvió a saberse de ella. Dicen los que la conocieron que era un ser algo solitario, pero que jamás hizo daño a nadie. Lo cierto es que, como no tenía familia, su casa se ha quedado cerrada. Los vecinos dicen que, algunas noches, se ven en las ventanas, luces que flotan, y en la tierra derramada de las macetas, se ven las huellas de una moto. 

PALOMAS

     Ella escribe en cuartillas blancas, amontonadas sobre la tosca mesa de madera. Ante sus ojos, un prado de verde hierba mecida por la suave brisa, y al fondo, la imponente montaña.

     El cielo está azul. Y ella escribe, mientras enreda, pensativa, su largo pelo, en el dedo índice de la mano izquierda. Escribe sobre su vida, sus penas, sus amores. Escribe sobre el destino que la forzó a verse así, sola, sentada en un banco, mientras plasma en papeles impolutos sus vivencias. Mas el viento es traicionero. Se levanta, de repente, y arranca de sus manos las blancas palomas quienes, abriendo las alas, emprenden el vuelo, dejando el prado cubierto de verbos, de adjetivos, de algún que otro interrogante y de muchos puntos suspensivos…

EL COLUMPIO

Sentada en el columpio, con sus pies al viento, se balanceaba. Sus pequeñas manos se aferraban a la cuerda gastada. Sus cabellos volaban, delante, detrás, en un juego rítmico de impulsos y suspiros. Su vestido rojo, cada vez menos rojo, cada vez menos vestido, se iba deshilachando en cada vaivén, y sus pies de arena se iban perdiendo en un remolino de aire y misterio. Al final, tan solo un cuadro vacío: el cielo, las nubes y quieto el columpio esperando otro niño...