RELATOS ESCONDIDOS

      

Ella trabajaba en un hospital. Cada día veía a los enfermos, tristes, temerosos, esperanzados, y para todos tenía una sonrisa, un gesto, una broma.

Un día, cuando iba a cambiar la cama de una paciente, una joven de rostro aniñado, se dio cuenta de que, sentada en la butaca, tenía la mirada perdida, contemplando, absorta, las nubes que se movían en el cielo. Trató de entablar una mínima conversación, pero la joven solo se encogía de hombros. Y entonces, a la auxiliar se le ocurrió una idea. Sacó su pequeño cuaderno de relatos, que siempre llevaba consigo, y eligió uno. Lo arrancó, dobló la hoja y, sin que ella, lo percibiera, lo dejó bajo la almohada. Sabía que siempre dormía de lado, con un brazo por debajo. Segura de que lo encontraría, acabó su tarea y se fue a otra habitación.

Aquella noche, cuando la joven se acostó, encontró el relato. Parecía dirigido a ella. Lo leyó varias veces, hasta que se durmió. Por primera vez desde su ingreso, no tuvo pesadillas, al contrario, su sueño fue hermoso, relajante. Por la mañana, cuando entró la auxiliar, la joven tenía otra luz en la mirada. Sabía que no estaba sola, y que se recuperaría. Agradeció, en silencio, el regalo. Y la auxiliar, al contemplarla, descubrió el poder sanador que podían tener unos relatos escondidos.



LUNA

 

     

     Luna nació con un inmenso deseo de volar, pero, poco a poco, de manera casi imperceptible, le fueron recortando las alas.

     Cuando fue mayor, descubrió que tenía claustrofobia, aunque nadie supo explicarle por qué.

ALZHEIMER

 

A veces, hay personas que, sin saberlo, sin presentirlo, van perdiendo poco a poco la memoria. Otras pierden las palabras, agazapadas en los resquicios más remotos de sus mentes, y se instala en ellas un silencio pesado y triste.

A veces, esas personas te miran, y sus ojos apenas muestran el vacío de quien se extravió en su propia nebulosa. Y es entonces, en ese preciso instante, cuando tu corazón estalla en mil pedazos. Solo el tiempo, compañero incansable del camino, podrá apaciguar tu duelo, convirtiendo la pena en los más bellos recuerdos.



PARA TODO HAY UNA SOLUCIÓN

 

     Cuando descubrió aquella pequeña y oscura protuberancia en su sien, no supo qué pensar. Se la palpaba con cuidado y la sentía dura, ósea. Acudió al médico. Le hicieron radiografías y escáneres. El diagnóstico fue concluyente: le estaba creciendo un cuerno. Ella, desesperada, imploró una operación que extirpara aquella monstruosidad antes de que fuera más visible, pero era imposible, le dijeron. Su cerebro quedaría seriamente dañado.  

     Durante meses se encerró en su casa, observando aquel apéndice oscuro que le crecía a un lado de la cabeza. Cada día se miraba al espejo, intentado aceptarlo como algo suyo. Finalmente, una mañana llegó al convencimiento de que ya no crecería más, por lo que se dedicó a pensar qué podía hacer con él. No tenía sentido pasarse la vida encerrada entre aquellas paredes que ya le pesaban. En algún momento tendría que salir. Y fue entonces, contemplando el paño redondo que le había hecho su abuela, cuando tuvo una idea. Cogió la aguja de ganchillo, hilos de diferentes colores y comenzó a tejer una funda multicolor unida a un sombrero. Toda la tarde la pasó inmersa en la labor, y aún gran parte de la noche. Cuando terminó, casi empezando a amanecer, sus manos estaban entumecidas, pero ella se sentía satisfecha. Con mucho cuidado se colocó el gorro, ajustando bien la parte del apéndice, y se contempló en el espejo. Sus ojos ojerosos, brillaban y, en sus labios, se dibujó una tímida sonrisa. Se dirigió a la ventana, descorrió las cortinas y abrió los cristales de par en par, dejando que la tenue luz del otoño inundara su pálido rostro. Un par de horas después, al salir a la calle, los viandantes contemplaban, atónitos, un nuevo modelo de sombrero que, pronto, se pondría de moda en la ciudad.



TRAS LA LIBERTAD

 

Y volvieron los encuentros,

los abrazos y los besos,

las caricias reprimidas,

los saludos decididos,

el contacto deseado.

Volvieron, sí, tantas rutinas,

tantos gritos apagados,

tantos sueños idealizados,

tantos te quiero velados.

Pero también regresó

la brutal indiferencia,

olvidar a los vecinos,

bucear en amistades,

sobrevivir al destino.

Regresó, sin querer,

todo lo que odiamos,

las rencillas,

las envidias,

las mentiras insolentes.

Porque nada se aprendió

ni pudo, acaso, mejorarnos.