EL REGALO

 

     Cuando Cristóbal recibió aquel ramo de hermosas flores en distintos tonos de rosa, se sorprendió. Jamás, en sus cuarenta y cinco años de vida, le habían regalado algo semejante. En realidad, no le gustaban las flores, pero no porque no supiera apreciar su belleza sino porque le entristecía lo efímera de su existencia una vez que las cortaban.

     Buscó alguna tarjeta, pero no encontró nada que le ayudase a descubrir quién había sido el artífice de aquel maravilloso presente. Ya que las tenía ante él, en un intento de alargarles la vida, decidió separarlas en varios jarrones o vasos, y las distribuyó por toda la casa. A partir de ese momento, Cristóbal, que se caracterizaba por ser metódico en todo lo que hacía, estableció una nueva rutina en su vida. Nada más levantarse, cambiaba el agua de todas las flores, las acariciaba, les contaba dulces historias de amor. Al regresar del trabajo, a media tarde, lo primero que hacía era ir a saludarlas y, por la noche, antes de acostarse, les daba las buenas noches, les hacía caricias y les recitaba poemas.

     Para su sorpresa, al cabo de los días, aquellas flores se fueron volviendo más lozanas, más frescas, y Cristóbal, por primera vez, sintió que su vida tenía un propósito. Empezó a faltar al trabajo, fingiendo estar enfermo, solo por pasar más tiempo con sus flores, hasta que, por fin, un buen día dejaron de interesarles los correos, los contratos, las conversaciones superfluas a la hora del café, los comentarios, a sus espaldas, sobre las muchas manías que tenía y se despidió de la empresa. Al regresar a su casa, mientras recorría las mismas calles por las que había transitado durante los últimos veinte años, se fijó en una pequeña floristería que estaba en una esquina. Su escaparate estaba decorado con gusto, sobresaliendo las flores de muchos colores y las plantas ornamentales. Sin saber exactamente por qué, decidió entrar.

 —¿Te puedo ayudar? —le preguntó el joven dependiente.

 —Necesito trabajar— fue la respuesta de Cristóbal.

 —¿Sabes algo de flores? —quiso saber el joven.

     Cristóbal respondió:

—Me regalaron un ramo hace dos meses.  Las flores aún están conmigo, más vivas que nunca, como recién cortadas.

     El joven lo miró con ternura.

—¡Sabía que lo conseguirías!

     Cristóbal guardó silencio unos instantes y, entonces, comprendió la verdadera razón de aquel extraño regalo.



HISTORIA DE UNA TRAGEDIA

 

La tarde de la tragedia comenzó con una lluvia suave pero persistente. La mujer de ojos castaños contemplaba los negros nubarrones con preocupación. Habían anunciado ligeras lloviznas, pero aquellos charcos que se estaban formando en las aceras y en el asfalto daban muestra de algo más intenso.

Hacia la medianoche, los relámpagos iluminaban el cielo, mostrando la cortina de agua que caía, en tromba, sobre la ciudad. Y de repente, el estruendo. Tras la ventana de la cocina, la insomne mujer fue testigo de la crecida del río, arrastrando a su paso coches, contenedores, arbustos arrancados...En medio de ese caos, los gritos anónimos pidiendo auxilio a personas que nada podían hacer por ayudarlos…

Ella, la mujer de los ojos castaños, se sujetaba con fuerza a su bastón, con terror, y en el mismo instante en que buscaba en un cajón una linterna que la sacara de la oscuridad reinante, el agua del río rompió con fuerza los cristales de las ventanas, inundando toda la vivienda. No tuvo tiempo de reaccionar. Un golpe en la cabeza, al caer, la dejó inconsciente, sumergida en los recuerdos de una vida que flotaba a merced de las aguas.
Afuera, continuaba la tragedia...




DESTINO INCIERTO

     Enfundado en una sudadera gris, con la capucha cubriendo su cabeza y parte de su rostro, el joven recorría la rampa de la biblioteca incansablemente. Tal vez, aguardaba a alguien. Probablente a nadie. Sus ojos tristes miraban casi siempre al suelo, pero a veces, sin saber por qué, elevaba la vista a lo más alto. Caminaba, lento, constante, de arriba a bajo. En su mano, una botella de agua para calmar aquella sed que lo atenazaba. En su alma, la nostalgia, los recuerdos, el deseo de que todo fuera diferente.

    Mientras los estudiantes silenciosos se aplicaban en sus apuntes, el joven de la sudadera gris se preguntaba si este era el futuro que le esperaba, andar sin rumbo fijo. ¿Dónde estaban sus opciones? ¿Dónde las oportunidades? Lejos se quedó su tierra, cruzando el mar y el horizonte, y ahora solo pensaba qué hacer con una vida que le  resultaba tan pesada e incierta.