Desde que lo vio por primera vez,
siempre se sintió atraída por sus ojos, por la fuerza que emanaba de su mirada.
Y era el recuerdo de esa mirada lo que la mantenía viva.
Cuando él comenzó a envejecer y
profundos surcos aparecieron en su rostro, ella no dijo nada. Esperó a que sus
sueños se apagaran. Y entonces, como una sombra, rellenó todas sus arrugas con
tierra, la mojó con sus lágrimas, y allí plantó todos sus sueños.
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