Amanda era una mujer refinada. Siempre con
el último peinado a la moda, vistiendo costosos trajes de chaqueta, conduciendo
lujosos coches, luciendo llamativas joyas, se sentía la mujer más importante
del mundo.
Aquel veintiocho de abril Amanda celebraba
uno de sus tantos cumpleaños. Nadie sabía a ciencia cierta su edad, pues al
llegar a los treinta decidió que no cumpliría ni uno más. Pero seguía
organizando fiestas a las que invitaba a toda la alta sociedad, porque adoraba
sentirse querida, aunque sólo fuese por su dinero. Ese día, al despertarse por
la mañana, su apuesto marido le susurró al oído su cariñosa felicitación y la invitó a acompañarlo a un
sitio especial para recoger su regalo. Después de acicalarse como la ocasión
merecía, se subió al asiento del copiloto, dejando que su marido condujese. A
medida que se iban acercando al lugar elegido, Amanda comenzó a sentir una punzada de
nervios en el estómago. No podía creer que su marido la llevara al aeroclub…
¿Qué se propone?, se preguntaba nerviosa. Poco después, el auto se detenía
junto a un enorme hangar. Dentro había una hermosa avioneta. Con una gran
sonrisa, el marido le dijo: - Aquí tienes tu regalo. Por supuesto, va incluido
un curso de aviación.
Amanda apenas pudo balbucear: - ¡Pero si sabes
que no me gusta volar…!
-
Precisamente por
eso, respondió él. Así se te quitará el miedo. Y cuanto antes mejor.
Su marido le presentó al instructor y la
hizo subir a la avioneta. Amanda había perdido el habitual tono rojizo de sus
mejillas, sus manos comenzaron a sudar y a temblar, y mientras escuchaba las
explicaciones del hombre sentada junto a ella, empezó a notar que su corazón se
desbocaba, luchando por salirse del pecho. Sólo fue necesario que la avioneta
comenzara a rodar suavemente por la pista para que de la garganta de Amanda
brotasen unos sonidos histéricos. En aquel momento perdió el control: se tiraba
del pelo, lloraba, pataleaba y luchaba tratando de abrir la puerta de la
avioneta. El instructor, asombrado, paró en cuanto pudo. Sin darle tiempo a
decir una sola palabra, Amanda se lanzó al suelo y echó a correr por la pista.
Al llegar junto a su marido casi no podía respirar, y su aspecto era
lamentable. El pelo estaba enmarañado y el rimel se le había corrido formando
gruesos caminos por sus mejillas. Se sentía tan desgraciada que empezó
nuevamente a gritar. Y justo en ese instante, notó que alguien la zarandeaba.
Abrió los ojos y vio que no estaba en el aeroclub. Estaba en su cama, en la
modesta habitación de su pequeño piso, y su marido, un hombre bajito y calvo,
con enormes cejas, la miraba asustado. Amanda realizó unas cuantas
respiraciones profundas para quitarse de encima la angustia que acababa de
vivir.
-
No te preocupes,
le dijo a su marido. Sólo ha sido una pesadilla. Vuélvete a dormir.
Mientras él cerraba nuevamente los ojos y
comenzaba a roncar, Amanda dejó que las lágrimas fluyeran en silencio. Pero no
era el llanto que desahoga después de la tensión nerviosa. Era un llanto de
desilusión al ser consciente de que jamás podría saber si realmente le daba
miedo volar.
Me ha gustado ...!!!
ResponderEliminarMuchas gracias!!!
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