CUENTO

       El reloj de la entrada daba las siete cuando ella abrió la puerta. El sol aún no había traspasado los umbrales de la irrealidad, y la penumbra era densa, cortante. Se dirigió a su habitación. Se deshizo de su ropaje colorido y se enfundó su pijama gris de franela. Se metió en la cama, arropada por sábanas térmicas y mantas de lana. Cerró los ojos, pero seguía despierta. Un frío intenso recorría, sin cesar, sus inexistentes huesos. Pero no era el frío del más crudo invierno. Era el frío del vacío en que consistía su cuerpo. Así que, poco a poco, aquella sombra comenzó a rellenar todos sus huecos con palabras, con sueños, con pensamientos, y se convirtió, ya para siempre, en un cuento.

3 comentarios: