Aquel hombre era un adicto a los
libros. Antes de comprar uno, lo sopesaba, lo olía, admiraba los colores de la
portada e intuía el contenido de una historia que, antes de empezar a leer, se
iba forjando en su cabeza. Entonces, satisfecho con el análisis, se lo llevaba.
Uno cada semana, o cada mes, si llegaba muy justo de dinero. Cuando no podía
comprarlos, iba a la biblioteca municipal, de la que se había hecho socio hacía
ya dos décadas, y elegía uno cuyo título le sugiriese una gran aventura. Una
vez en casa, además del ritual habitual, acariciaba las páginas, tratando de
encontrar vestigios de otras manos, de otros alientos. Y así avanzaba su vida.
Leía al despertar, antes, durante y después de comer, por la tarde, al
acostarse o si se desvelaba en las madrugadas.
Una mañana, notó que en el libro que
estaba leyendo ocurría algo extraño. En cada página faltaba una palabra. Al
principio creyó que se trataba de un error, pero no. Allí estaban, aquellos
espacios vacíos, blancos, ausentes. Al leer todas las frases de corrido no le
costó averiguar qué palabras eran. Cogió un bolígrafo y las escribió con
pulcritud.
Pocas semanas después, en vez de una
palabra faltaban tres o cuatro en cada página. Luego frases enteras y, con el
paso de los meses, llegaron a desaparecer párrafos enteros. Dejó de extrañarse
por las ausencias. Sólo leía y se saltaba los huecos.
Con el tiempo, los libros se
convirtieron en cientos de páginas inmaculadas, rota tan solo su blancura por
la mancha de alguna palabra suelta.
Y así, aquel hombre adicto a los
libros, a saborear el placer de la lectura, fue enmudeciendo. Se pasaba las
horas sentado, sin un gesto, sin una sonrisa, con la mirada perdida en el vacío
de sus libros.
Aquel hombre, un día, cortó los hilos
de los puntos, las comas, los signos, y se dejó llevar por los colores intensos
de las portadas.
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