LA BORDADORA

 

 

     Ella bordaba desde que tenía memoria. Su madre y su abuela la habían enseñado, con paciencia y determinación. ¡Cuántos retales tuvo que deshacer porque en el revés de la tela se notaban todas las puntadas! Le exigían la perfección, tanto en un lado como en el otro.

    A menudo debía tomarse un descanso y sumergir sus manos en agua fría. Los picotazos en sus dedos doloridos le recordaban que debía ser más cuidadosa y tener calma, en lugar de hacerlo de manera precipitada para irse a jugar.

     Con el tiempo aprendió y se convirtió en una de las mejores bordadoras. Le llovían los encargos y ella no tenía tiempo para nada que no fuera bordar.

     Se acostumbró a trabajar en silencio, sumida en sus pensamientos. Nadie sabía que, en cada hebra de hilo que bordaba estaban sus sueños, y en cada nudo que remataba, anudaba también sus esperanzas.




EL ZAPATERO

 

     Como cada mañana, Enrique abrió su zapatería. Aún era temprano. Apenas había salido el sol y las calles estaban casi desiertas. Aspiró los olores a cuero y a cola, impregnados en cada rincón, y contempló con tristeza el mostrador, el banco en el que se sentaba a trabajar y el instrumental cuidadosamente ordenado: los diferentes martillos, el sacabocados, el sacagrapas, el punzón, las tijeras… Todo estaba como lo había dejado la tarde anterior. Cogió la caja que había llevado y comenzó a recoger. Aquel era su último día. Aunque no era tan mayor como para jubilarse, la falta de clientes unido al elevado coste de la vida, le habían obligado a tomar aquella decisión. Ya casi nadie reparaba zapatos. Preferían tirarlos y comprar unos nuevos. Y ni qué decir de encargar unos hechos a mano… Su especialidad eran las sandalias. ¡En sus buenos tiempos logró hacer hasta veinte en una semana! Pero esa era otra época… Sin descendientes que hubiesen heredado su oficio, no le quedó más remedio que vender la zapatería.  Una empresa le había hecho una oferta que no pudo resistir. Tenían intenciones de derribar la casa, que hacía esquina, y, junto con las otras dos que también habían comprado, hacer un edificio de aparcamientos. En los últimos años, el número de vehículos había aumentado tanto que conseguir aparcar en aquella pequeña ciudad era poco menos que misión imposible. Con el dinero que le habían dado, austero en sus gastos como era, tendría para vivir hasta el fin de sus días. Y siempre podía hacer algún trabajito extra entre sus vecinos. Los que lo conocían, sabían que era bastante mañoso para arreglar los pequeños desperfectos domésticos.

    Mientras su mente se perdía en todo tipo de pensamientos y recuerdos, acabó por empacar sus tesoros, como él los llamaba. Lo cargó todo en el coche, cerró la puerta con llave, esperó a los responsables de la empresa para hacer entrega de su más preciada posesión y se marchó, sin mirar atrás, sin una queja, sin un lamento. Se subió a su auto, respiró hondo y arrancó, dispuesto a dejar atrás su vida. No sabía con qué llenaría sus días, pero lo que sí sabía es que la herida que se había abierto en su interior ¡no tenía cura!




CHONITA, LA DULCERA

      

      Concepción, o Chonita, como la llamaban sus vecinos, era la dulcera del pueblo. Cada mañana se levantaba a las cuatro para encender el horno y amasar los dulces que vendería a lo largo del día. En el silencio de la madrugada, se afanaba por mezclar los ingredientes: harina, huevos, azúcar, levadura, canela, almendras… Según los que fuera a preparar, elegía con mimo la materia prima, se sujetaba el cabello bajo un pañuelo que se ataba en la nuca, se lavaba las manos y comenzaba su labor. Mientras iba batiendo las yemas con el azúcar, o las claras a punto de nieve, su mente se perdía en las preocupaciones del momento, en los ruidos que, a esa hora, se intensificaban en las calles empedradas, en sus deseos inconfesables. Empezando en el oficio desde muy joven, Chonita jamás había tenido otra vida que no fuera ser la dulcera de su pueblo y de los de alrededor. Tan solo una vez, cuando las fiestas, obtuvo el permiso para ir a la verbena. Allí fue donde conoció al que luego fue su marido. Él trabajaba en el molino y, cada tarde, le traía la harina que habían triturado en esa jornada. Cada día, un paquetito, apenas medio kilo. Y ella le regalaba los dulces que había separado para él en una pequeña lata redonda. Después de la boda, llegaron las hijas, porque no tuvo ningún varón, solo tres mujeres que, con el tiempo, asumieron el oficio de su madre. Pero ellas tenían otras inquietudes y, cuando Chonita se retiró, decidieron industrializar la fabricación de los dulces. Atrás quedaron las madrugadas para amasar, el horno de leña, las bolsas de papel para meter los pedidos, las latas viejas y oxidadas para conservar los dulces. En su lugar, aparecieron las asépticas bolsas transparentes, de plástico, con su etiqueta impresa, en las que había un pequeño surtido de aquellos dulces.

     La primera vez que Doña Concepción, porque hasta el nombre le habían cambiado, tuvo en sus manos aquella bolsa, sintió que algo moría en su interior. Era cierto, las leyes obligaban y era necesario cumplirlas, pero echó de menos el tan conocido olor a pasteles recién horneados, el calor del fuego en su rostro, las trazas de masa entre sus dedos, las conversaciones con los clientes cuando venían a escoger los dulces…

     Cuando ella falleció, sus hijas decidieron expandir el negocio y exportar el producto a otros lugares más lejanos. Tuvieron éxito, pero los que habían comido los dulces de Chonita, nunca más encontraron, en las bolsas de Herederas de Doña Concepción, el sabor tan especial que solo ella sabía darles: el sabor de lo artesano, amasado a conciencia y con todo el tiempo del mundo.

NOTA EXPLICATIVA:  Aunque el nombre de la protagonista de este relato, así como su oficio, son reales, la mayor parte de la historia es fruto de mi imaginación. He querido homenajear a aquella mujer, de un pequeño pueblo de mi infancia, que hacía unos dulces que me encantaban y, a cuya casa, fui a comprar más de una vez cuando era pequeña. 



LA COSTURERA

 

         

      Amaba coser más que otra cosa en el mundo. Sus tardes se iban desgranando entre hilvanes, pespuntes, ojales y dobladillos. Cualquier tela que caía en sus manos, le parecía apropiada para una prenda, ya fuera una falda, una blusa, una chaqueta, unos pantalones o un sombrero de ala ancha. Comenzaba después de comer, justo en el momento en el que en la televisión aparecían las primeras imágenes de su novela favorita. Así, entre puntada y puntada, iba escuchando las voces tan conocidas, mirando de reojo los rostros familiares y cosiendo sus sueños imposibles.

     Por las mañanas recibía a las clientas. Les hacía las pruebas de sus encargos, ajustaba lo que había que modificar con alfileres y les daba otra cita para la prueba definitiva o para recoger el pedido. Era tanto el trabajo que tenía, que no paraba hasta la hora del almuerzo. Lo que había empezado con un par de favores, se había convertido en un negocio, dado el éxito que había tenido. Decían que tenía manos de oro, y que todo lo que cosía era cómodo, agradable al tacto y se encajaba en el cuerpo como una segunda piel. Decían también que, cuando usaban sus ropas, les parecía sentir un abrazo invisible. Ella escuchaba, sonreía y callaba. Lo que nadie sabía era que aquellas manos, aquellos dedos, eran una extensión de su alma y que, cuando cosía, con cada ir y venir de la aguja, sus anhelos, sus deseos, sus ilusiones, se transformaban en el hilo que, con ternura, unía cada trozo de tejido. 





LA IMAGINACIÓN AL PODER

 

   —Me llamo Jonás, tengo 7 años y hoy voy a volar.

     Así comenzaba la presentación de su trabajo de ciencias ante la expectación de sus compañeros y de su maestro.

—No puedes volar —le interrumpió su mejor amigo.

     Jonás lo miró un instante, se ajustó las gafas metálicas y sonrió. Sacó de una bolsa el globo terráqueo y lo depositó con cuidado sobre la mesa. Le dio un pendrive al maestro para que fuera pasando las imágenes mientras él hablaba, cerró los ojos y comenzó su recorrido por diferentes países.

—Extiendo mis alas y echo a volar, alto, muy alto, y me meto entre las nubes. Llego a París, la capital de Francia. Veo el río Sena, que discurre por la ciudad. Veo los Campos Elíseos y me detengo un instante en lo más alto de la Torre Eiffel. ¡La vista es impresionante! Después, alzo el vuelo nuevamente y me dirijo a Londres, la capital del Reino Unido. Sí, allí está el río Támesis, y el Parlamento con el Big Ben, y el London Eye, la noria gigante desde la que se ve gran parte de Londres. Me subo sobre una de las cabinas, sin que nadie me vea, solo para descansar mis alas, y contemplo todo lo que hay a mis pies…

     Durante quince minutos, mientras las imágenes iban pasando en la pizarra blanca, Jonás continuaba su recorrido por el mundo, saltando después a Brasil, a Estados Unidos, a Australia, a la India… Sus compañeros escuchaban y miraban en un incrédulo silencio. Cuando terminó, de vuelta ya al aula, abrió los ojos.

—¡Eso no es volar! —dijo una niña de la segunda fila.

—Hay muchas formas de volar —dijo él—. Se puede volar como los pájaros, con alas, o como los aviones, que necesitan un motor, o como los parapentes, que necesitan del viento. Pero yo puedo tener todo eso con mi imaginación. Veo una imagen o leo una historia y, en mi cabeza, me sitúo allí. Siento el ruido de la gente, los olores, los sabores. ¡Eso es volar! Pueden probarlo.

     El maestro le dio las gracias a Jonás y le pidió que volviera a si sitio. Luego decidió hacer un juego, para que todos experimentaran lo que su compañero les había explicado. Tomó un cuento de la estantería y lo abrió por una descripción.

—Cerrad los ojos, por favor —. Quiero que me escuchéis y que tratéis de ver en vuestra mente lo que voy leyendo.

     Lentamente, empezó a leer el párrafo donde se describía a un león, no solo físicamente, sino también su hábitat. Al terminar, guardó silencio unos instantes. Algunos comenzaron a abrir los ojos, muy despacio, como quien despierta de un largo sueño.

—Ahora quiero que cojáis un folio y dibujéis y pintéis lo que habéis visto en vuestra mente.

     Todos se pusieron a dibujar con entusiasmo. Media hora después, el maestro recogió los dibujos y los pegó en la pizarra. Todos mostraban al animal, con mejor o peor suerte, pero sobre todo se apreciaba su hábitat.

—¿Qué lugar creen que es este que han dibujado? —preguntó.

—África, la sabana… —fueron las respuestas que gritaron todos.

—¿Habéis estado en África alguna vez? —siguió preguntando.

—Noooooo —se escuchó por toda la clase.

—Y, sin embargo, habéis sido capaces de dibujarlo. Eso demuestra lo que decía Jonás. Se puede volar con la imaginación, pues ella te llevará a lugares insospechados.

     A partir de aquel día, la clase de Jonás fue conocida como los que sabían volar, con algo de burla e ironía, pues el resto del colegio había dejado escapar su imaginación.



 

LA VIEJA MÁQUINA

 

     Desde pequeña sintió debilidad por la vieja máquina de escribir. Se pasaba horas  contemplándola, acariciando sus teclas, imaginándose que, en ella, escribía mil y una historia. Pero era de su abuelo, y la conservaba como un tesoro, pues la había heredado de su padre.

     Al pasar los años y convertirse en una joven universitaria, Adela se acostumbró a usar el ordenador, pero sus escritos nunca salían como ella quería. Deseaba, en lo más profundo de su ser, llegar a ser escritora. Sin embargo, algo fallaba en su imaginación. Aunque sus dedos volaban por el teclado, su mente se bloqueaba continuamente. En aquellas páginas en blanco, no conseguía oler el papel, ni la tinta que tanto añoraba.

    Cuando su abuelo falleció poco tiempo después de empezar su segundo curso de Periodismo, su abuela le entregó una caja, diciéndole que el abuelo había querido que fuese para ella. Al abrirla, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¡Allí estaba, la vieja máquina de escribir, limpia, reluciente y lista para ser usada! Se fue a su casa, la colocó sobre su mesa de trabajo, metió una hoja color crema en el rodillo, posó suavemente los dedos en las teclas, cerró los ojos y comenzó a escribir. Por primera vez sintió que las palabras fluían con facilidad mientras sus historias se iban hilvanando una tras otra. Aquella tarde, mientras acariciaba las piezas redondas y lisas, la hoja se iba perforando, levemente, por el clap, clap, clap, de las letras, y Adela, la joven escritora en ciernes, respirando el aroma antaño conocido, comprendió por qué su abuelo no la dejaba jugar con la máquina: en ella se escondían las historias de varias generaciones. Ahora era su turno sacarlas a la luz.


LA HORA DEL APERITIVO

 

  Cada semana esperaba con impaciencia la llegada del domingo. Ese era su día preferido. A las doce, mientras el reloj de la iglesia daba las campanadas, él se dirigía al único bar del pueblo. Se sentaba junto a la barra y pedía el aperitivo. Unas aceitunas, unos pinchos de tortilla, un poco de salpicón de pulpo…, cualquier cosa era buena para acompañar su vermut. Mientras masticaba con parsimonia, limpiándose las comisuras de los labios con una servilleta de papel, saboreando cada bocado, al trasluz de la copa contemplaba todo lo que había a su alrededor: las conversaciones, las risas, los besos… Solo él, el único soltero de aquella localidad, se bajaba por unos instantes del mundo que giraba en el bar y su mente comenzaba a volar.  




FUE POR SU BIEN

 

     ¡Mamá, tengo hambre!, dijo el pequeño. Ella le revolvió los cabellos y le dio un beso. En la cocina contempló largamente la nevera vacía. Cogió el último plátano, el último paquete de galletas y le calentó un poco de leche. Puso todo sobre la mesa y lo contempló mientras comía, escuchando lo que le contaba sobre su jornada escolar, pero su mente estaba lejos y sus oídos no retenían ningún sonido. En cuanto él terminó, lo mandó a ducharse, lavarse los dientes y ponerse el pijama. Le contó una historia inventada en el momento, le dio un beso de buenas noches, lo arropó y apagó la luz, dejándolo a solas con sus sueños infantiles.

     Sentada en el sillón, sin fuerzas para nada, veía pasar las horas. En su mente se aparecían las más descabelladas ideas, pero sabía que ella no era buena para él. Sin trabajo, sin dinero, sobrevivían gracias a la caridad ajena, pero cada vez había menos caridad… Todos tenían dificultades, eran tiempos difíciles. Y ella estaba muy cansada.

     Arrancó una hoja de su libreta y le dejó una nota con un número de teléfono. Al lado, el móvil. Cogió las pastillas que le quedaban de cuando había estado con la depresión, abrió el grifo, llenó un vaso de agua y, una a una, se las fue tomando, muy despacio. Luego se tumbó en el sillón y cerró los ojos. Para cuando él despertara, ella ya no estaría. Su padre tendría que hacerse cargo de él. Así era mejor, y él, su pequeño, la luz de su vida, tendría otras oportunidades. Poco a poco, su corazón ralentizó los latidos, hasta que se paró y ella dejó de respirar. En la oscuridad de la noche, un niño de ocho años dormía, ajeno a todo, mientras su madre se convertía en una sombra.



ESCAPATORIA

 

     Se acerca despacio y lo mira dormir. Es tan guapo, piensa. Ojalá no despertara...Porque despierto se transforma, se vuelve malévolo, egoísta, agobiante, y ella no puede sino aguantar, sufrir en silencio... Podría dejarlo, pero está atada a una promesa... Y ella es leal... Él es tan hermoso cuando duerme, tan puro, tan sereno... ¿ Y si...? Y sí... La almohada en su cara, sus manotazos tratando de quitársela de encima, pero ella es fuerte, mucho más que él, y resiste, hasta que sus fuerzas se van apagando, hasta que sus brazos caen exánimes…Aún así continúa apretando, un rato más, por si acaso. Luego mira su pecho. Ya no respira. Entonces sí, quita la almohada y lo contempla...Pero ya no es tan guapo… El terror está dibujado en su cara. No puede mirarlo, decepcionada. Lo cubre con la sábana y coge el teléfono para hacer la llamada. Después, se sienta a esperar. Ya nada importa. Todo ha terminado. Su poder sobre ella ha tocado a su fin. Y su belleza se desdibujó bajo la almohada...


EL CONCIERTO

      

     

     Con la falda larga y el micrófono en la mano, la cantante de la voz suave y vibrante se adueña de los escenarios. Los oídos atentos captan esos ritmos cadenciosos, alegres o tristes, pero siempre vivos, que los transportan a tierras lejanas, allende los mares, que penetran por cada poro de su piel tocando cada fibra de su cuerpo hasta llegar, como si de una corriente eléctrica se tratara, hasta su alma.

     Con cada pieza ella va entregando pedacitos de sí misma, retazos de su esencia, de sus recuerdos, de su memoria… Pero ellos, el ávido público expectante, pide más, siempre más…

     Cuando pasa la última página de su cuaderno, y el aplauso final llena la sala, se guardan los instrumentos, se encienden todas las luces y los músicos se retiran. Entonces ella, la cantante, respira hondo, profundo, para llenar de un aire de siglos los huecos que en su ser han dejado las notas que aún resuenan en su mente y en el ambiente de ese teatro que, poco a poco, se va quedando vacío.