DEMASIADO TARDE

    Ella era la gran ausente de todas las celebraciones. En el trabajo, la empleada invisible. Llegaba la primera, se marchaba la última. Ajena a cualquier conversación, se había convertido en un mueble más de la planta baja de las oficinas de la administración del hospital.
     Pero aquel día era diferente. Por primera vez en su vida estaba de baja. Durante semanas no había acudido al trabajo, pues le habían estado haciendo pruebas. Y ahora estaba allí, tumbada boca arriba en una cama, la número 18. ¡Qué ironía!, pensó, el día en que nací…
     Sin decir una palabra, contemplaba como la enfermera le clavaba la aguja en su mano derecha, y luego colgaba la botella en un gancho. Ella se quedó mirando cómo el tóxico veneno salvador comenzaba a entrar en su torrente sanguíneo. Nadie sabía…
     Días antes, cuando supo el resultado de los exámenes, fue a la oficina con una excusa cualquiera y se metió en el ordenador. Conocía todas las claves. Abrió su historia y borró algunos datos. Nadie sabía… Y nadie sabría de su alergia hasta que fuera tarde…

     ¡Era una pena! ¡Habían sido tan amables con ella! Incluso le habían sugerido que se cortara su larga melena antes de que el tratamiento la deshiciera, pero ella no quiso. Y ahora, mientras la acariciaba con la mano izquierda, sentía el fuego taladrando sus venas. Había llegado la hora. Nadie la echaría de menos. Cerró los ojos sonriendo dulcemente. A su alrededor, una agitación desconcertante comenzó a bullir, mientras el cuerpo de la cama 18 convulsionaba mortalmente sin remedio. 

ANDREA NEGRÍN

              Se llamaba Andrea Negrín. Parió seis hijos, crió a otro, enterró un marido y un buen día decidió que estaba harta de vivir.
              Desde muy joven había trabajado de sol a sol, arrancándole a la árida tierra de su pueblo lo poco que su reseco corazón podía producir.
              Se casó sin amor, ante las promesas de una vida desahogada, pero empezó a ahogarse la primera noche, en el mismo instante en que él, sin halagos, ni caricias, ni susurros, la hizo suya en un minuto, y luego, dándose la vuelta, se durmió, dejándola con un sabor a muerte entre los labios.
              Después del tercer hijo, sintió que le costaba respirar, y cuando llegaron los otros tres, en un parto difícil y complicado por lo numeroso, ya se había convertido en un autómata, en un muerto viviente, en un espectro incapaz de pensar, de sentir, de reír o de llorar. Cuidaba de sus hijos con la misma dedicación con que trabajaba la tierra antes de casarse, alimentándolos, vistiéndolos, dándoles todo el cariño que su alma ajada era capaz de generar.
              El día en que su marido trajo a casa un bebé recién nacido y se lo puso en los brazos diciéndole: ¡Hay que criarlo!, ni siquiera se molestó en preguntar de quién era. El pequeño lunar en la base del cráneo le bastaba. Lo llevó a la cuna y desde entonces tuvo siete ramas que enderezar.
              Una mañana acudieron a avisarla. Había sido un accidente. Nadie tuvo la culpa. El tractor se le vino encima. Había muerto en el acto. Ella no dijo nada, ni parpadeó. Sólo respiró hondo y, por primera vez en muchos años, notó cómo el aire fresco del otoño la llenaba por completo. Lo enterró en silencio, rodeada de sus hijos. Ni una lágrima salió de sus ojos apagados. Las había llorado todas muchos años atrás.
              Después vinieron épocas duras de trabajo en el campo para alimentar siete bocas, costura por las noches para vestirlos. Todo por ellos y para ellos. Nada para ella.
              Y ahora, después de tantos largos y amargos inviernos, sola, abandonada a su suerte, Andrea Negrín decidió que estaba harta de vivir.
              Se puso un vestido largo de algodón. Se recogió los canosos cabellos en una trenza. Abrió de par en par la ventana de su habitación y se sentó sobre la cama a esperar. En ese instante tres fuertes golpes sonaron en la puerta. Al abrir no distinguió a la figura que estaba del otro lado, oculta en la sombra del porche.
-          ¿Andrea Negrín?
-          Has tardado mucho en venir.
-          Tenías demasiadas cosas que hacer.

              Nunca se supo que fue de Andrea Negrín. Algunos dicen que la muerte se la llevó, otros decían que se había fugado con algún antiguo amor. Lo cierto es que no hubo entierro porque su cuerpo nunca apareció. Pero hay algo que nadie consigue explicarse, y es que las tierras que antaño ella trabajaba con tanto dolor, se han vuelto las más fértiles, y cualquier cosa que se planta, crece como por arte de magia. ¿Será ella?

NUEVO AROMA

             Sentada en el sillón floreado, abrazando sus rodillas huesudas y sintiendo los arrítmicos latidos de su corazón, la mujer de largos cabellos grises esperaba. ¿Qué? ¿Quién? Daba igual. Ya hacía mucho tiempo que había dejado de importarle. Mucho tiempo aguardando una respuesta a una simple pregunta: ¿Me quieres? Mas el silencio se la había llevado.            

              Ese día, mientras iba borrando de su mente, uno a uno, cada pensamiento acumulado durante siglos, contemplando las flores descoloridas de su sillón, aspiró un aroma nuevo en el ambiente. O tal vez era viejo, pero sólo ahora lo percibía. Se levantó. Se dirigió al espejo ovalado de la pared y comenzó a peinarse con las manos entumecidas. Se acarició el rostro marchito, las arrugas surcadas de dolor y sonrió con tristeza. Se dio la vuelta y asió con firmeza los dedos que le tendían, encaminándose juntas hacia la sombra. Ahora no estaría sola. Serían, por fin, dos, la muerte y ella. 

REGALO INESPERADO

       Se oían las doce campanadas en el reloj de la catedral cuando sonó el timbre de la casa. Andrés no esperaba a nadie. Ninguno de sus conocidos ni amistades sabía de su regreso la noche anterior. Tumbado sobre la cama, esperó. El timbre volvió a sonar, esta vez con más insistencia. Andrés hizo oídos sordos, mientras contemplaba su cuerpo desnudo e inerte bajo las sábanas de raso. Eran suaves. Se deslizaban por su piel como si estuviesen hechas de brisa marina. Nuevamente el timbre. Pero ahora no se trataba sólo de que sonara. Quienquiera que fuese el que estaba al otro lado de la puerta, debía haber dejado el dedo sobre el interruptor.
              Andrés se levantó, cogió el albornoz que estaba en el suelo y se lo  puso. Con paso lento se dirigió hacia la entrada, descorrió los tres cerrojos y abrió. Era un hombre de larga barba marrón, con reflejos rojos y dorados. Sus ojos eran pequeños, rasgados y oscuros. Sin decir una palabra, inclinó la cabeza en señal de saludo y le tendió una caja. Andrés la cogió. El hombre saludó nuevamente y se fue.
              Andrés desconocía el significado de aquel inesperado regalo. Lo abrió. Había una nota que decía: “Olvidaste esto junto a mi cama”. Debajo del papel, cuidadosamente envuelta, estaba su dentadura postiza. Se la ajustó en las encías descarnadas y, chasqueando las mandíbulas, se dirigió hacia el cuarto, donde le esperaban, ávidos, unos labios untados de carmín.

LA CONTABLE

Ella era contable. Pero no de las de ahora, que lo hacen todo por ordenador, con esos programas especiales que te calculan hasta la última centésima. Ella hacía las cuentas con lápiz, papel y goma de borrar. Para ello necesitaba silencio. Cuando se ponían a hablar a su alrededor, en los pasillos de la quinta planta, o cuando el teléfono sonaba con insistencia, perdía el hilo de los números que llevaba hasta el momento y de nuevo tenía que empezar. Por eso, casi siempre, se quedaba hasta muy tarde en el trabajo, más allá de la hora en la que todos los demás se despedían. Ella, prácticamente ni se enteraba. Su mano izquierda, distraída, hacía un gesto, mientras la derecha aferraba con decisión el lápiz, en la búsqueda titánica del decimal perdido.
Una noche, el guardián, tras hacer la ronda y comprobar que todo estaba en orden, sabiendo que ella estaría tras su mesa, debajo de cientos de papeles, decidió llevarle un café. En el fondo, sentía lástima de aquella alma solitaria. Cuando llegó, no vio a nadie. Su bolso estaba colgado de la silla, las hojas, perfectamente alineadas sobre la mesa, los lápices, afilados y preparados para otro día más de trabajo... Pero ni rastro de la contable. Extrañado, dejó el café sobre la mesa y recorrió uno a uno los despachos de la quinta planta.  Al final del pasillo, junto a un ventanal, la encontró. Estaba caída, inconsciente, en el suelo. De su boca salía un hilillo de sangre en el que se dibujaban cientos de números. El guardián llamó a la policía y a una ambulancia. Nunca se supo lo que le ocurrió. Alguien dijo que quizás vio algo que le impactó. Otros dijeron que fue mucha información para su cerebro. Lo que sí sucedió es que ya nunca más fue la misma. Olvidó las palabras y solo hablaba con números. Pasó el resto de sus días internada en un sanatorio, donde dibujaba hermosos cuadros hechos solo con números.  

RETOQUES

       Siempre quiso ser más joven, más bonita, más perfecta. Pensaba que así sería la admiración de todos, que los hombres la perseguirían por doquier, y que las mujeres envidiarían su porte elegante. Trabajó duro y ahorró hasta el último céntimo de su sueldo con una sola idea en la cabeza: operarse en cuanto tuviese el dinero suficiente.
Por fin llegó el gran día. Buscó el mejor cirujano plástico. Le explicó lo que quería. Él asintió y le dijo que no había problema, que cumpliría sus expectativas. Y así fue. Modeló sus párpados, sus pómulos, su barbilla, sus pechos, su vientre, sus muslos, en fin, todo lo que se podía retocar. Cuando, después de una larga recuperación, el cirujano la dejó contemplarse ante un espejo de cuerpo entero, ella se echó a llorar.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó él - ¿No te gusta?
- Es perfecto- respondió ella entre sollozos, pero ya no soy yo...
Desde aquel día, se convirtió en un alma atormentada encerrada en el cuerpo de una desconocida...