CLOTILDE





Desde muy niña, su abuela la enseñó a hacer ganchillo y, su madre, a tejer. Con sus pequeñas manitas, sujetaba con fuerza las agujas, enrollaba el hilo entre sus dedos y le daba vueltas, contando los puntos con su voz suave. Mientras tejía, o mientras hacía interminables cadenetas, concentrada en la labor, no pensaba en nada que no fuera aquello que había empezado. Pero a veces, muchas veces, cuando terminaba veía que, en su roseta, o en su jersey, había demasiados agujeros. Lejos de desanimarse, lo volvía a intentar con más pasión. Y así fueron transcurriendo los años. Cada vez, más prendas, cada vez, menos agujeros, sin darse cuenta de que su infancia, tan llena de vacíos como la ropa que tejía, se fue volviendo tupida, compacta, densa, hasta el punto de que no entraba un solo rayo de luz, ni un soplo de aire fresco. Encerrada en su mundo, aislada, Clotilde sintió que se ahogaba la mañana en que vio, a través de la ventana, aquellos ojos pardos por primera vez, el brillo y la alegría que desprendían. Cogió el chaleco que estaba tricotando, con sus líneas perfectas, su patente inmaculada, y tomó una decisión. Sacó las agujas y, muy despacio, comenzó a deshacer cada punto. Con cada vuelta deshecha, notaba que el aire volvía a entrar a sus pulmones. En ese momento, Clotilde comenzó, de nuevo, a respirar. 

 

EL VALOR DE LAS LETRAS

    

Cuando Sonsoles tuvo edad suficiente para empezar a conocer las letras, despertó, ante ella, un mundo nuevo. Primero fueron aquellas palabras que asociaba a su imagen. Después vinieron las frases. Poder leer que su mamá la amaba le dio la certeza de que jamás estaría sola. 

Cada vez que veía algo escrito, pedía con insistencia: ¡Déjame leer! Así fue conociendo a ogros y brujas, princesas y reyes, animales que hablaban y objetos que se movían, y su pequeña cabeza se fue llenando de historias fantásticas. Hasta que, un día, su mamá se fue al lugar de dónde no se vuelve jamás. Sonsoles, sin entender realmente por qué ya no podía verla, la buscaba entre las nubes, bajo la lluvia, al final del arco iris. Su único consuelo eran los libros, cuyos relatos lograban que se evadiera, la consolaban, y le enseñaron a aceptar su realidad. En aquel momento, Sonsoles creció, pero no físicamente. Al fin y al cabo, seguía siendo una niña de nueve años. Me refiero a su madurez, a su carácter. Se volvió taciturna, dejó de querer jugar con otros niños, y se aisló entre sus libros. Los que la veían siempre leyendo le decían: Te va a pasar como a Don Quijote, y se reían. Ella los ignoraba y se concentraba aún más en la historia que tuviese entre las manos. Con el tiempo, Sonsoles empezó a notar que las personas se parecían mucho a los personajes sobre los que leía, y se dedicó a observarlos con curiosidad, pasando de leer a inventar sus propias historias. Así, escribió sobre un hombre malo que pegaba a sus hijos, sobre una niña que envidiaba a su amiga, sobre dos jóvenes enamorados cuyas familias estaban en contra de su relación, sobre un perro que seguía fielmente a su dueña cuando iba a trabajar...Y un día, escribió sobre su madre, sobre el recuerdo que tenía de ella, sobre cómo le fue enseñando, con infinita paciencia, todas y cada una de las letras. Entonces, solo entonces, se permitió respirar sin angustia. Había entendido que ella estaría siempre a su lado, en cada libro que leyera, en cada relato que escribiera. Y Sonsoles regresó al mundo con una sonrisa y el corazón lleno de historias.





PUNTOS DE VISTA

 

Una vez leyó en algún sitio que no recordaba: La vida es como las palabras cruzadas. A veces, buscas y buscas, das vueltas entre las letras, pero no encuentras nada, hasta que, de repente, ahí está, claro como un día de sol, el vocablo. Y en tu mente, todo se ilumina.

Pensó en cómo era su existencia, en los giros inesperados, en los baches, en los laberintos por los que se había perdido. Y se dio cuenta de que, en realidad, nunca había cambiado su punto de vista, así que, poniéndose cabeza abajo, comenzó a andar con las manos.