La madrugada vestía de insomnio las horas que
transcurrían con lentitud.
Afuera la luna dibujaba sombras y
estelas, el viento callado dormitaba y hasta el reloj había enmudecido su
imparable desgranar.
Sólo ella, la de los ojos
perdidos, danzaba sin música en la cama deshecha.
Hasta que llegó, después de tanto
esperarla. La inspiración acarició su espalda y se quedó junto a la mano que,
ausente, sostenía una pluma entre los dedos.
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