ANTE AQUELLA VISION…

       Apoyada en la barandilla de la avenida, ella contemplaba el mar con tristeza. A aquella hora de la tarde, la luz comenzaba disminuir, dándole un tono rojizo y suave al cielo, mientras el agua reflejaba los diferentes matices. Sin embargo, lejos de llenarla de vida, como siempre le ocurría, en ese momento la embargaba una mezcla de sentimientos negativos: dolor, impotencia, rabia… Aquella playa, aquel muelle en el que tantos baños se había dado, mostraba un aspecto desolador. Sus aguas estaban teñidas de un color marrón claramente sospechoso. Decían que eran microalgas…, que eran inocuas…, pero desaconsejaban el baño… ¡Cómo habían podido permitir que sucediera! ¿Dónde estaban las autoridades, que no hacían algo? Por lo que se comentaba, estaba ocurriendo lo mismo en casi todo el litoral, dependiendo de hacia dónde llevaran las mareas la inmensa mancha. ¿Pero es que nadie era consciente de que estaban influyendo en el futuro de las islas? ¿Qué pasaría con el turismo si esto continuaba así?
      Las lágrimas afloraron a sus ojos mientras su mirada recorría cada roca, cada ola, cada porción contaminada de arena. En el horizonte, el sol se iba escondiendo tras las montañas, ansioso por ocultar la vergüenza de una humanidad sin escrúpulos.

      Ella se dio la vuelta y emprendió el regreso a casa, con el alma partida en mil pedazos, cada uno de ellos anclado en cada una de las playas en las que durante muchos veranos había sido feliz. 

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