El día que Angélica salió de su casa,
no tenía nada de particular Era un lunes más, con los mismos problemas, con las
mismas prisas, con los mismos enfados, con las mismas preocupaciones. Era uno
de tantos lunes absurdos y despiadados. Tendría que llevar a los niños al
colegio, marcharse apresuradamente a su trabajo, a donde llegaría, con un poco
de suerte, puntual, como siempre; luego iría al estudio, donde trabajaría
durante varias horas, sin haber tenido tiempo de hacer una comida decente; por
último, anocheciendo ya, iría al supermercado para abastecer su despensa para
el resto de la semana, pues los almuerzos organizados en su casa los dos días
anteriores habían agotado sus existencias. Al llegar a casa, agotada y
dolorida, todos los disgustos de la jornada se volcarían sobre ella como una
jarra de agua fría. Y, otra vez, sacando fuerzas de donde no las habría,
pondría orden en sus ideas, soltaría sermones sobre el futuro, arreglaría disputas
domésticas.
Finalmente, exhausta, tras
comprobar que todo estuviese como debía estar, Angélica se iría a la cama para
no poder dormir, para soñar con un lunes cualquiera, para esperar otra vida
cualquiera.
El día que Angélica salió de su
casa, no tenía nada de particular, salvo que no era lunes, y ella había dejado
de ser Angélica...