Desde pequeña sintió debilidad
por la vieja máquina de escribir. Se pasaba horas contemplándola,
acariciando sus teclas, imaginándose que, en ella, escribía mil y una historia.
Pero era de su abuelo, y la conservaba como un tesoro, pues la había heredado
de su padre.
Al pasar
los años y convertirse en una joven universitaria, Adela se acostumbró a usar el
ordenador, pero sus escritos nunca salían como ella quería. Deseaba, en lo más
profundo de su ser, llegar a ser escritora. Sin embargo, algo fallaba en su
imaginación. Aunque sus dedos volaban por el teclado, su mente se bloqueaba
continuamente. En aquellas páginas en blanco, no conseguía oler el papel, ni la
tinta que tanto añoraba.
Cuando su abuelo falleció poco tiempo después de empezar su segundo curso de Periodismo, su abuela le entregó una caja, diciéndole que el abuelo había querido que fuese para ella. Al abrirla, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¡Allí estaba, la vieja máquina de escribir, limpia, reluciente y lista para ser usada! Se fue a su casa, la colocó sobre su mesa de trabajo, metió una hoja color crema en el rodillo, posó suavemente los dedos en las teclas, cerró los ojos y comenzó a escribir. Por primera vez sintió que las palabras fluían con facilidad mientras sus historias se iban hilvanando una tras otra. Aquella tarde, mientras acariciaba las piezas redondas y lisas, la hoja se iba perforando, levemente, por el clap, clap, clap, de las letras, y Adela, la joven escritora en ciernes, respirando el aroma antaño conocido, comprendió por qué su abuelo no la dejaba jugar con la máquina: en ella se escondían las historias de varias generaciones. Ahora era su turno sacarlas a la luz.

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