—Me llamo Jonás, tengo 7 años y hoy voy a
volar.
Así comenzaba la presentación de su
trabajo de ciencias ante la expectación de sus compañeros y de su maestro.
—No
puedes volar —le interrumpió su mejor amigo.
Jonás lo miró un instante, se ajustó las
gafas metálicas y sonrió. Sacó de una bolsa el globo terráqueo y lo depositó
con cuidado sobre la mesa. Le dio un pendrive al maestro para que fuera pasando
las imágenes mientras él hablaba, cerró los ojos y comenzó su recorrido por
diferentes países.
—Extiendo
mis alas y echo a volar, alto, muy alto, y me meto entre las nubes. Llego a
París, la capital de Francia. Veo el río Sena, que discurre por la ciudad. Veo los
Campos Elíseos y me detengo un instante en lo más alto de la Torre Eiffel. ¡La vista
es impresionante! Después, alzo el vuelo nuevamente y me dirijo a Londres, la
capital del Reino Unido. Sí, allí está el río Támesis, y el Parlamento con el
Big Ben, y el London Eye, la noria gigante desde la que se ve gran parte de
Londres. Me subo sobre una de las cabinas, sin que nadie me vea, solo para
descansar mis alas, y contemplo todo lo que hay a mis pies…
Durante quince minutos, mientras las imágenes iban pasando en la pizarra blanca, Jonás continuaba su recorrido por el mundo, saltando después a Brasil, a Estados Unidos, a Australia, a la India… Sus compañeros escuchaban y miraban en un incrédulo silencio. Cuando terminó, de vuelta ya al aula, abrió los ojos.
—¡Eso
no es volar! —dijo una niña de la segunda fila.
—Hay muchas formas de volar —dijo él—. Se puede volar como los pájaros, con alas, o como los aviones, que necesitan un motor, o como los parapentes, que necesitan del viento. Pero yo puedo tener todo eso con mi imaginación. Veo una imagen o leo una historia y, en mi cabeza, me sitúo allí. Siento el ruido de la gente, los olores, los sabores. ¡Eso es volar! Pueden probarlo.
El maestro le dio las gracias a Jonás y le
pidió que volviera a si sitio. Luego decidió hacer un juego, para que todos
experimentaran lo que su compañero les había explicado. Tomó un cuento de la
estantería y lo abrió por una descripción.
—Cerrad
los ojos, por favor —. Quiero que me escuchéis y que tratéis de ver en vuestra
mente lo que voy leyendo.
Lentamente, empezó a leer el párrafo donde
se describía a un león, no solo físicamente, sino también su hábitat. Al terminar,
guardó silencio unos instantes. Algunos comenzaron a abrir los ojos, muy
despacio, como quien despierta de un largo sueño.
—Ahora
quiero que cojáis un folio y dibujéis y pintéis lo que habéis visto en vuestra
mente.
Todos se pusieron a dibujar con entusiasmo.
Media hora después, el maestro recogió los dibujos y los pegó en la pizarra.
Todos mostraban al animal, con mejor o peor suerte, pero sobre todo se
apreciaba su hábitat.
—¿Qué
lugar creen que es este que han dibujado? —preguntó.
—África,
la sabana… —fueron las respuestas que gritaron todos.
—¿Habéis
estado en África alguna vez? —siguió preguntando.
—Noooooo
—se escuchó por toda la clase.
—Y,
sin embargo, habéis sido capaces de dibujarlo. Eso demuestra lo que decía Jonás.
Se puede volar con la imaginación, pues ella te llevará a lugares
insospechados.
A partir de aquel día, la clase de Jonás
fue conocida como los que sabían volar, con algo de burla e ironía, pues
el resto del colegio había dejado escapar su imaginación.

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