Con la falda larga y el micrófono en la
mano, la cantante de la voz suave y vibrante se adueña de los escenarios. Los
oídos atentos captan esos ritmos cadenciosos, alegres o tristes, pero siempre
vivos, que los transportan a tierras lejanas, allende los mares, que penetran por
cada poro de su piel tocando cada fibra de su cuerpo hasta llegar, como si de
una corriente eléctrica se tratara, hasta su alma.
Con cada pieza ella va entregando
pedacitos de sí misma, retazos de su esencia, de sus recuerdos, de su memoria…
Pero ellos, el ávido público expectante, pide más, siempre más…
Cuando pasa la última página de su
cuaderno, y el aplauso final llena la sala, se guardan los instrumentos, se
encienden todas las luces y los músicos se retiran. Entonces ella, la cantante,
respira hondo, profundo, para llenar de un aire de siglos los huecos que en su
ser han dejado las notas que aún resuenan en su mente y en el ambiente de ese
teatro que, poco a poco, se va quedando vacío.

La música es uno de los regalos más grandes de la humanidad. Me encanta este relato.
ResponderEliminar¡Muchas gracias! Estoy totalmente de acuerdo. La música es un auténtico regalo.🫠
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