Cada semana esperaba con impaciencia la llegada del domingo. Ese era su día preferido. A las doce, mientras el reloj de la iglesia daba las campanadas, él se dirigía al único bar del pueblo. Se sentaba junto a la barra y pedía el aperitivo. Unas aceitunas, unos pinchos de tortilla, un poco de salpicón de pulpo…, cualquier cosa era buena para acompañar su vermut. Mientras masticaba con parsimonia, limpiándose las comisuras de los labios con una servilleta de papel, saboreando cada bocado, al trasluz de la copa contemplaba todo lo que había a su alrededor: las conversaciones, las risas, los besos… Solo él, el único soltero de aquella localidad, se bajaba por unos instantes del mundo que giraba en el bar y su mente comenzaba a volar.

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