LA BORDADORA

 

 

     Ella bordaba desde que tenía memoria. Su madre y su abuela la habían enseñado, con paciencia y determinación. ¡Cuántos retales tuvo que deshacer porque en el revés de la tela se notaban todas las puntadas! Le exigían la perfección, tanto en un lado como en el otro.

    A menudo debía tomarse un descanso y sumergir sus manos en agua fría. Los picotazos en sus dedos doloridos le recordaban que debía ser más cuidadosa y tener calma, en lugar de hacerlo de manera precipitada para irse a jugar.

     Con el tiempo aprendió y se convirtió en una de las mejores bordadoras. Le llovían los encargos y ella no tenía tiempo para nada que no fuera bordar.

     Se acostumbró a trabajar en silencio, sumida en sus pensamientos. Nadie sabía que, en cada hebra de hilo que bordaba estaban sus sueños, y en cada nudo que remataba, anudaba también sus esperanzas.




2 comentarios:

  1. Así se hace Rosa, siempre adelante creando hermosos relatos. Enhorabuena y que tu creación sea fructífera.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Muchas gracias, Andrea! En eso estamos.😊😊😊😘😘

      Eliminar