Ella bordaba desde que tenía memoria. Su
madre y su abuela la habían enseñado, con paciencia y determinación. ¡Cuántos
retales tuvo que deshacer porque en el revés de la tela se notaban todas las
puntadas! Le exigían la perfección, tanto en un lado como en el otro.
A menudo debía tomarse un descanso y
sumergir sus manos en agua fría. Los picotazos en sus dedos doloridos le
recordaban que debía ser más cuidadosa y tener calma, en lugar de hacerlo de
manera precipitada para irse a jugar.
Con el tiempo aprendió y se convirtió en
una de las mejores bordadoras. Le llovían los encargos y ella no tenía tiempo
para nada que no fuera bordar.
Se
acostumbró a trabajar en silencio, sumida en sus pensamientos. Nadie sabía que,
en cada hebra de hilo que bordaba estaban sus sueños, y en cada nudo que
remataba, anudaba también sus esperanzas.

Así se hace Rosa, siempre adelante creando hermosos relatos. Enhorabuena y que tu creación sea fructífera.
ResponderEliminar¡Muchas gracias, Andrea! En eso estamos.😊😊😊😘😘
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