Como cada mañana, Enrique abrió su zapatería. Aún era temprano. Apenas había salido el sol y las calles estaban casi desiertas. Aspiró los olores a cuero y a cola, impregnados en cada rincón, y contempló con tristeza el mostrador, el banco en el que se sentaba a trabajar y el instrumental cuidadosamente ordenado: los diferentes martillos, el sacabocados, el sacagrapas, el punzón, las tijeras… Todo estaba como lo había dejado la tarde anterior. Cogió la caja que había llevado y comenzó a recoger. Aquel era su último día. Aunque no era tan mayor como para jubilarse, la falta de clientes unido al elevado coste de la vida, le habían obligado a tomar aquella decisión. Ya casi nadie reparaba zapatos. Preferían tirarlos y comprar unos nuevos. Y ni qué decir de encargar unos hechos a mano… Su especialidad eran las sandalias. ¡En sus buenos tiempos logró hacer hasta veinte en una semana! Pero esa era otra época… Sin descendientes que hubiesen heredado su oficio, no le quedó más remedio que vender la zapatería. Una empresa le había hecho una oferta que no pudo resistir. Tenían intenciones de derribar la casa, que hacía esquina, y, junto con las otras dos que también habían comprado, hacer un edificio de aparcamientos. En los últimos años, el número de vehículos había aumentado tanto que conseguir aparcar en aquella pequeña ciudad era poco menos que misión imposible. Con el dinero que le habían dado, austero en sus gastos como era, tendría para vivir hasta el fin de sus días. Y siempre podía hacer algún trabajito extra entre sus vecinos. Los que lo conocían, sabían que era bastante mañoso para arreglar los pequeños desperfectos domésticos.
Mientras su mente se perdía en todo tipo de pensamientos y recuerdos, acabó por empacar sus tesoros, como él los llamaba. Lo cargó todo en el coche, cerró la puerta con llave, esperó a los responsables de la empresa para hacer entrega de su más preciada posesión y se marchó, sin mirar atrás, sin una queja, sin un lamento. Se subió a su auto, respiró hondo y arrancó, dispuesto a dejar atrás su vida. No sabía con qué llenaría sus días, pero lo que sí sabía es que la herida que se había abierto en su interior ¡no tenía cura!

Y mi zapatero se llama Enrique, pero no vendió su zapatería... desapareció engullida por el volcán. El tampoco ha podido curar su doble herida.
ResponderEliminarEso también es muy triste. ¡Cuánta gente perdió todo, casas, negocios, parte de sus vidas...! La fuerza de la naturaleza es impredecible... Y de eso, no te cura nadie...
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