¡Mamá, tengo hambre!,
dijo el pequeño. Ella le revolvió los cabellos y le dio un beso. En la cocina contempló
largamente la nevera vacía. Cogió el último plátano, el último paquete de
galletas y le calentó un poco de leche. Puso todo sobre la mesa y lo contempló
mientras comía, escuchando lo que le contaba sobre su jornada escolar, pero su
mente estaba lejos y sus oídos no retenían ningún sonido. En cuanto él terminó,
lo mandó a ducharse, lavarse los dientes y ponerse el pijama. Le contó una
historia inventada en el momento, le dio un beso de buenas noches, lo arropó y
apagó la luz, dejándolo a solas con sus sueños infantiles.
Sentada en el sillón, sin fuerzas para
nada, veía pasar las horas. En su mente se aparecían las más descabelladas
ideas, pero sabía que ella no era buena para él. Sin trabajo, sin dinero,
sobrevivían gracias a la caridad ajena, pero cada vez había menos caridad… Todos
tenían dificultades, eran tiempos difíciles. Y ella estaba muy cansada.
Arrancó una hoja de su libreta y le dejó
una nota con un número de teléfono. Al lado, el móvil. Cogió las pastillas que
le quedaban de cuando había estado con la depresión, abrió el grifo, llenó un
vaso de agua y, una a una, se las fue tomando, muy despacio. Luego se tumbó en
el sillón y cerró los ojos. Para cuando él despertara, ella ya no estaría. Su padre
tendría que hacerse cargo de él. Así era mejor, y él, su pequeño, la luz de su
vida, tendría otras oportunidades. Poco a poco, su corazón ralentizó los
latidos, hasta que se paró y ella dejó de respirar. En la oscuridad de la
noche, un niño de ocho años dormía, ajeno a todo, mientras su madre se
convertía en una sombra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario