CHONITA, LA DULCERA

      

      Concepción, o Chonita, como la llamaban sus vecinos, era la dulcera del pueblo. Cada mañana se levantaba a las cuatro para encender el horno y amasar los dulces que vendería a lo largo del día. En el silencio de la madrugada, se afanaba por mezclar los ingredientes: harina, huevos, azúcar, levadura, canela, almendras… Según los que fuera a preparar, elegía con mimo la materia prima, se sujetaba el cabello bajo un pañuelo que se ataba en la nuca, se lavaba las manos y comenzaba su labor. Mientras iba batiendo las yemas con el azúcar, o las claras a punto de nieve, su mente se perdía en las preocupaciones del momento, en los ruidos que, a esa hora, se intensificaban en las calles empedradas, en sus deseos inconfesables. Empezando en el oficio desde muy joven, Chonita jamás había tenido otra vida que no fuera ser la dulcera de su pueblo y de los de alrededor. Tan solo una vez, cuando las fiestas, obtuvo el permiso para ir a la verbena. Allí fue donde conoció al que luego fue su marido. Él trabajaba en el molino y, cada tarde, le traía la harina que habían triturado en esa jornada. Cada día, un paquetito, apenas medio kilo. Y ella le regalaba los dulces que había separado para él en una pequeña lata redonda. Después de la boda, llegaron las hijas, porque no tuvo ningún varón, solo tres mujeres que, con el tiempo, asumieron el oficio de su madre. Pero ellas tenían otras inquietudes y, cuando Chonita se retiró, decidieron industrializar la fabricación de los dulces. Atrás quedaron las madrugadas para amasar, el horno de leña, las bolsas de papel para meter los pedidos, las latas viejas y oxidadas para conservar los dulces. En su lugar, aparecieron las asépticas bolsas transparentes, de plástico, con su etiqueta impresa, en las que había un pequeño surtido de aquellos dulces.

     La primera vez que Doña Concepción, porque hasta el nombre le habían cambiado, tuvo en sus manos aquella bolsa, sintió que algo moría en su interior. Era cierto, las leyes obligaban y era necesario cumplirlas, pero echó de menos el tan conocido olor a pasteles recién horneados, el calor del fuego en su rostro, las trazas de masa entre sus dedos, las conversaciones con los clientes cuando venían a escoger los dulces…

     Cuando ella falleció, sus hijas decidieron expandir el negocio y exportar el producto a otros lugares más lejanos. Tuvieron éxito, pero los que habían comido los dulces de Chonita, nunca más encontraron, en las bolsas de Herederas de Doña Concepción, el sabor tan especial que solo ella sabía darles: el sabor de lo artesano, amasado a conciencia y con todo el tiempo del mundo.

NOTA EXPLICATIVA:  Aunque el nombre de la protagonista de este relato, así como su oficio, son reales, la mayor parte de la historia es fruto de mi imaginación. He querido homenajear a aquella mujer, de un pequeño pueblo de mi infancia, que hacía unos dulces que me encantaban y, a cuya casa, fui a comprar más de una vez cuando era pequeña. 



2 comentarios:

  1. Sin duda alguna me quedo con la época de doña Chonita y su marido el molinero.

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