Ella era contable. Pero no de las de
ahora, que lo hacen todo por ordenador, con esos programas especiales que te
calculan hasta la última centésima. Ella hacía las cuentas con lápiz, papel y
goma de borrar. Para ello necesitaba silencio. Cuando se ponían a hablar a su
alrededor, en los pasillos de la quinta planta, o cuando el teléfono sonaba con
insistencia, perdía el hilo de los números que llevaba hasta el momento y de
nuevo tenía que empezar. Por eso, casi siempre, se quedaba hasta muy tarde en
el trabajo, más allá de la hora en la que todos los demás se despedían. Ella,
prácticamente ni se enteraba. Su mano izquierda, distraída, hacía un gesto,
mientras la derecha aferraba con decisión el lápiz, en la búsqueda titánica del
decimal perdido.
Una noche, el guardián, tras hacer la ronda y comprobar que todo estaba en orden, sabiendo que ella estaría tras su mesa, debajo de cientos de papeles, decidió llevarle un café. En el fondo, sentía lástima de aquella alma solitaria. Cuando llegó, no vio a nadie. Su bolso estaba colgado de la silla, las hojas, perfectamente alineadas sobre la mesa, los lápices, afilados y preparados para otro día más de trabajo... Pero ni rastro de la contable. Extrañado, dejó el café sobre la mesa y recorrió uno a uno los despachos de la quinta planta. Al final del pasillo, junto a un ventanal, la encontró. Estaba caída, inconsciente, en el suelo. De su boca salía un hilillo de sangre en el que se dibujaban cientos de números. El guardián llamó a la policía y a una ambulancia. Nunca se supo lo que le ocurrió. Alguien dijo que quizás vio algo que le impactó. Otros dijeron que fue mucha información para su cerebro. Lo que sí sucedió es que ya nunca más fue la misma. Olvidó las palabras y solo hablaba con números. Pasó el resto de sus días internada en un sanatorio, donde dibujaba hermosos cuadros hechos solo con números.
Una noche, el guardián, tras hacer la ronda y comprobar que todo estaba en orden, sabiendo que ella estaría tras su mesa, debajo de cientos de papeles, decidió llevarle un café. En el fondo, sentía lástima de aquella alma solitaria. Cuando llegó, no vio a nadie. Su bolso estaba colgado de la silla, las hojas, perfectamente alineadas sobre la mesa, los lápices, afilados y preparados para otro día más de trabajo... Pero ni rastro de la contable. Extrañado, dejó el café sobre la mesa y recorrió uno a uno los despachos de la quinta planta. Al final del pasillo, junto a un ventanal, la encontró. Estaba caída, inconsciente, en el suelo. De su boca salía un hilillo de sangre en el que se dibujaban cientos de números. El guardián llamó a la policía y a una ambulancia. Nunca se supo lo que le ocurrió. Alguien dijo que quizás vio algo que le impactó. Otros dijeron que fue mucha información para su cerebro. Lo que sí sucedió es que ya nunca más fue la misma. Olvidó las palabras y solo hablaba con números. Pasó el resto de sus días internada en un sanatorio, donde dibujaba hermosos cuadros hechos solo con números.
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