REGALO INESPERADO

       Se oían las doce campanadas en el reloj de la catedral cuando sonó el timbre de la casa. Andrés no esperaba a nadie. Ninguno de sus conocidos ni amistades sabía de su regreso la noche anterior. Tumbado sobre la cama, esperó. El timbre volvió a sonar, esta vez con más insistencia. Andrés hizo oídos sordos, mientras contemplaba su cuerpo desnudo e inerte bajo las sábanas de raso. Eran suaves. Se deslizaban por su piel como si estuviesen hechas de brisa marina. Nuevamente el timbre. Pero ahora no se trataba sólo de que sonara. Quienquiera que fuese el que estaba al otro lado de la puerta, debía haber dejado el dedo sobre el interruptor.
              Andrés se levantó, cogió el albornoz que estaba en el suelo y se lo  puso. Con paso lento se dirigió hacia la entrada, descorrió los tres cerrojos y abrió. Era un hombre de larga barba marrón, con reflejos rojos y dorados. Sus ojos eran pequeños, rasgados y oscuros. Sin decir una palabra, inclinó la cabeza en señal de saludo y le tendió una caja. Andrés la cogió. El hombre saludó nuevamente y se fue.
              Andrés desconocía el significado de aquel inesperado regalo. Lo abrió. Había una nota que decía: “Olvidaste esto junto a mi cama”. Debajo del papel, cuidadosamente envuelta, estaba su dentadura postiza. Se la ajustó en las encías descarnadas y, chasqueando las mandíbulas, se dirigió hacia el cuarto, donde le esperaban, ávidos, unos labios untados de carmín.

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