ANDREA NEGRÍN

              Se llamaba Andrea Negrín. Parió seis hijos, crió a otro, enterró un marido y un buen día decidió que estaba harta de vivir.
              Desde muy joven había trabajado de sol a sol, arrancándole a la árida tierra de su pueblo lo poco que su reseco corazón podía producir.
              Se casó sin amor, ante las promesas de una vida desahogada, pero empezó a ahogarse la primera noche, en el mismo instante en que él, sin halagos, ni caricias, ni susurros, la hizo suya en un minuto, y luego, dándose la vuelta, se durmió, dejándola con un sabor a muerte entre los labios.
              Después del tercer hijo, sintió que le costaba respirar, y cuando llegaron los otros tres, en un parto difícil y complicado por lo numeroso, ya se había convertido en un autómata, en un muerto viviente, en un espectro incapaz de pensar, de sentir, de reír o de llorar. Cuidaba de sus hijos con la misma dedicación con que trabajaba la tierra antes de casarse, alimentándolos, vistiéndolos, dándoles todo el cariño que su alma ajada era capaz de generar.
              El día en que su marido trajo a casa un bebé recién nacido y se lo puso en los brazos diciéndole: ¡Hay que criarlo!, ni siquiera se molestó en preguntar de quién era. El pequeño lunar en la base del cráneo le bastaba. Lo llevó a la cuna y desde entonces tuvo siete ramas que enderezar.
              Una mañana acudieron a avisarla. Había sido un accidente. Nadie tuvo la culpa. El tractor se le vino encima. Había muerto en el acto. Ella no dijo nada, ni parpadeó. Sólo respiró hondo y, por primera vez en muchos años, notó cómo el aire fresco del otoño la llenaba por completo. Lo enterró en silencio, rodeada de sus hijos. Ni una lágrima salió de sus ojos apagados. Las había llorado todas muchos años atrás.
              Después vinieron épocas duras de trabajo en el campo para alimentar siete bocas, costura por las noches para vestirlos. Todo por ellos y para ellos. Nada para ella.
              Y ahora, después de tantos largos y amargos inviernos, sola, abandonada a su suerte, Andrea Negrín decidió que estaba harta de vivir.
              Se puso un vestido largo de algodón. Se recogió los canosos cabellos en una trenza. Abrió de par en par la ventana de su habitación y se sentó sobre la cama a esperar. En ese instante tres fuertes golpes sonaron en la puerta. Al abrir no distinguió a la figura que estaba del otro lado, oculta en la sombra del porche.
-          ¿Andrea Negrín?
-          Has tardado mucho en venir.
-          Tenías demasiadas cosas que hacer.

              Nunca se supo que fue de Andrea Negrín. Algunos dicen que la muerte se la llevó, otros decían que se había fugado con algún antiguo amor. Lo cierto es que no hubo entierro porque su cuerpo nunca apareció. Pero hay algo que nadie consigue explicarse, y es que las tierras que antaño ella trabajaba con tanto dolor, se han vuelto las más fértiles, y cualquier cosa que se planta, crece como por arte de magia. ¿Será ella?

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