Ella era la gran ausente de todas las celebraciones. En el trabajo, la
empleada invisible. Llegaba la primera, se marchaba la última. Ajena a cualquier
conversación, se había convertido en un mueble más de la planta baja de las oficinas
de la administración del hospital.
Pero aquel día era diferente. Por primera vez en su vida estaba de baja.
Durante semanas no había acudido al trabajo, pues le habían estado haciendo
pruebas. Y ahora estaba allí, tumbada boca arriba en una cama, la número 18. ¡Qué
ironía!, pensó, el día en que nací…
Sin decir una palabra, contemplaba como la enfermera le clavaba la aguja
en su mano derecha, y luego colgaba la botella en un gancho. Ella se quedó
mirando cómo el tóxico veneno salvador comenzaba a entrar en su torrente
sanguíneo. Nadie sabía…
Días antes, cuando supo el resultado de los exámenes, fue a la oficina
con una excusa cualquiera y se metió en el ordenador. Conocía todas las claves.
Abrió su historia y borró algunos datos. Nadie sabía… Y nadie sabría de su
alergia hasta que fuera tarde…
¡Era una pena! ¡Habían sido tan amables con ella! Incluso le habían
sugerido que se cortara su larga melena antes de que el tratamiento la
deshiciera, pero ella no quiso. Y ahora, mientras la acariciaba con la mano izquierda,
sentía el fuego taladrando sus venas. Había llegado la hora. Nadie la echaría
de menos. Cerró los ojos sonriendo dulcemente. A su alrededor, una agitación
desconcertante comenzó a bullir, mientras el cuerpo de la cama 18 convulsionaba
mortalmente sin remedio.
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