Ella
trabajaba en un hospital. Cada día veía a los enfermos, tristes,
temerosos, esperanzados, y para todos tenía una sonrisa, un gesto, una broma.
Un
día, cuando iba a cambiar la cama de una paciente, una joven de rostro aniñado,
se dio cuenta de que, sentada en la butaca, tenía la mirada perdida, contemplando, absorta, las nubes
que se movían en el cielo. Trató de entablar una mínima conversación, pero la
joven solo se encogía de hombros. Y entonces, a la auxiliar se le ocurrió una
idea. Sacó su pequeño cuaderno de relatos, que siempre llevaba consigo, y
eligió uno. Lo arrancó, dobló la hoja y, sin que ella, lo percibiera, lo dejó
bajo la almohada. Sabía que siempre dormía de lado, con un brazo por debajo.
Segura de que lo encontraría, acabó su tarea y se fue a otra habitación.
Aquella
noche, cuando la joven se acostó, encontró el relato. Parecía dirigido a ella.
Lo leyó varias veces, hasta que se durmió. Por primera vez desde su ingreso, no
tuvo pesadillas, al contrario, su sueño fue hermoso, relajante. Por la mañana,
cuando entró la auxiliar, la joven tenía otra luz en la mirada. Sabía que no
estaba sola, y que se recuperaría. Agradeció, en silencio, el regalo. Y la
auxiliar, al contemplarla, descubrió el poder sanador que podían tener unos relatos escondidos.

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