PARA TODO HAY UNA SOLUCIÓN

 

     Cuando descubrió aquella pequeña y oscura protuberancia en su sien, no supo qué pensar. Se la palpaba con cuidado y la sentía dura, ósea. Acudió al médico. Le hicieron radiografías y escáneres. El diagnóstico fue concluyente: le estaba creciendo un cuerno. Ella, desesperada, imploró una operación que extirpara aquella monstruosidad antes de que fuera más visible, pero era imposible, le dijeron. Su cerebro quedaría seriamente dañado.  

     Durante meses se encerró en su casa, observando aquel apéndice oscuro que le crecía a un lado de la cabeza. Cada día se miraba al espejo, intentado aceptarlo como algo suyo. Finalmente, una mañana llegó al convencimiento de que ya no crecería más, por lo que se dedicó a pensar qué podía hacer con él. No tenía sentido pasarse la vida encerrada entre aquellas paredes que ya le pesaban. En algún momento tendría que salir. Y fue entonces, contemplando el paño redondo que le había hecho su abuela, cuando tuvo una idea. Cogió la aguja de ganchillo, hilos de diferentes colores y comenzó a tejer una funda multicolor unida a un sombrero. Toda la tarde la pasó inmersa en la labor, y aún gran parte de la noche. Cuando terminó, casi empezando a amanecer, sus manos estaban entumecidas, pero ella se sentía satisfecha. Con mucho cuidado se colocó el gorro, ajustando bien la parte del apéndice, y se contempló en el espejo. Sus ojos ojerosos, brillaban y, en sus labios, se dibujó una tímida sonrisa. Se dirigió a la ventana, descorrió las cortinas y abrió los cristales de par en par, dejando que la tenue luz del otoño inundara su pálido rostro. Un par de horas después, al salir a la calle, los viandantes contemplaban, atónitos, un nuevo modelo de sombrero que, pronto, se pondría de moda en la ciudad.



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