Vivió durante
casi cien años. Era viejo pero recio. Quien lo contemplaba no podía dejar de
admirar su elegancia de antaño.
Su mayor virtud era guardar
fielmente los secretos que le confiaban. Jamás nadie dio las quejas por su
indiscreción.
El día que decidieron prescindir
de él fue el más amargo de su vida. Pero, al fin y al cabo, ¡para qué sirve un gavetero lleno de polillas...!
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