Era lento su
andar... Iba arrastrando los pies, como si el peso del mundo se posara a cada
instante sobre sus hombros caídos. No tenía rumbo, ni lugar a dónde ir.
Simplemente vagaba, dejándose llevar. A veces, de vez en cuando, sus ojos se
posaban en una flor del camino, del parque, de una maceta. Nunca la tocaba.
Solo la olía con deleite, y era como si todo el aroma de una primavera esquiva
para él asomara de repente, inundando sus pulmones. Por un momento olvidaba su
miseria y su soledad. Luego continuaba su marcha, con el recuerdo del olor
impregnado bajo su piel.
Otras veces se
detenía ante algún restaurante, panadería o dulcería. Nunca pedía, pero, en
ocasiones, algún alma caritativa le ofrecía un dulce, un pan, o quizás un
bocadillo. En ese momento, daba las gracias, lo cogía con cuidado y se iba a un
lugar apartado, lejos de las miradas de lástima. Allí, muy despacio, comenzaba
a masticar los pequeños trozos del suculento majar, tan pequeños como sus ocho
años de vida. Y de nuevo volvía a confiar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario