Cada noche,
después de la cena, la mujer del pijama largo saca del armario la caja alargada
y escoge dos bombones, siempre dos y siempre distintos. Se sienta en su sillón
favorito y desenvuelve el primero. El mundo se detiene mientras ella lo muerde
a trocitos, dejando que se deshaga en su boca. Luego es el turno del segundo. Ahí
se demora un poco más, como si de esa manera pudiera durar eternamente. En esos
momentos no importa cómo haya sido su día, si sus fuerzas han estado al límite
o si se ha sentido eufórica. Solo sabe que allí, en la tibia quietud de su
hogar, el dulce placer la sostendrá una noche más, impidiéndole caer.

