Soñaba
el mozo en la era
sin
saber ni qué quería,
tal
vez algún puente ciego,
quizás
mil aros brillantes.
Soñaba
que una luz ardía
junto
a su rostro dormido,
en tanto él sonreía
a
aquellos ojos galantes.
Y
eran ellos los que hablaban,
los
que, su piel, anhelaban,
mientras
él solo soñaba
con
pupilas azuladas.
Pupilas
que se dilatan,
que
deleitan,
que
delatan,
dejando
un beso robado
en
la impoluta almohada.

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